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UN CUENTO DE OCTUBRE

Publicado: 14 de octubre de 2015 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Manos viejo flor1Quizás fue porque era Otoño, o tal vez porque simplemente era un catorce de octubre y me acordaba de ella, pero era uno de esos días en que la paleta de colores del alma se reduce a una melancólica escala de grises que acaba por pesarnos en el corazón; y hubiera sido un día para olvidar, de esos que se repiten con tediosa monotonía y que no dejan en nosotros nada digno de reseñar, si no llega a suceder lo que aconteció después.

Podría haber seguido en casa, escuchando canciones que me transportaban a otros lugares y otros tiempos más felices y me recordaban con cada estrofa lo lejos que ahora ella estaba de mí; contemplando desde la ventana las nubes cargadas de lluvia surcar el cielo en un desfile interminable, o decidir finalmente que prefería salir a la calle y sentir el aire fresco en mi rostro y, con algo de suerte, encontrar el garito apropiado para ahogar su memoria flirteando con una buena copa de alcohol. Desconozco el motivo definitivo que me impulsó, tal vez fue el último punteo de guitarra que acababa de escuchar o fue cosa del azar, siempre jugando con nosotros, pero con una procaz imprecación decidí ponerme la cazadora, escapar de la claustrofobia de mis cuatro paredes, físicas y mentales, y lanzarme al exterior.

Caminé sin rumbo fijo, simplemente dejándome llevar por el destino o por el movimiento de la gente, con los cinco sentidos al ralentí mientras mi cabeza seguía funcionando a cien por hora, aunque el dónde, en realidad, me daba igual, la única meta que pretendía alcanzar era la de no asfixiarme con mis propios recuerdos.

Si, serían caprichos del azar, no lo sé, pero mis pasos me llevaron precisamente hasta allí, donde mi adicción a la nicotina me chasqueó los dedos para indicar que me detuviera y encendiese un nuevo cigarrillo. Fue entonces, mientras mis pulmones exhalaban despacio el humo, cuando volví a la realidad y mis ojos repararon en su figura.

Sin duda llamaba la atención, quizás por tratarse de la puerta de un cine de esos con varias salas y un público joven o no demasiado maduro, y él destacaba allí, sentado en aquel banco justo en frente de la entrada, más visible en su soledad por el contraste con el bullicio que le rodeaba.

Era ya anciano, aunque con esa edad indeterminada que bien pueden ser setenta como ochenta, impecablemente vestido con una gabardina beige, traje negro de raya diplomática, camisa de un blanco reluciente, corbata rojo burdeos y zapatos ingleses de color negro, pulcramente abrillantados. Pero no era su atuendo el que captó mi interés, creo que fue su mirada perdida, como fija en otra realidad distinta y ajena a aquel instante, la sonrisa serena que dibujaban sus labios y, como un reclamo de color, el ramo con las seis rosas rojas que mantenía sujeto con delicadeza entre sus manos.

Sí, pude haber terminado de fumar, tirar el cigarrillo y haberme alejado de aquel lugar y aquella escena para seguir deambulando hasta topar en mi camino con la puerta de cualquier bar, mi objetivo primigenio, pero lo surrealista de aquella imagen me hizo dejar a un lado mi indolencia y despertó mi interés. Seguí observando al hombre durante unos minutos, intentando descifrar el por qué de su presencia allí, indiferente a cuanto le rodeaba, con el mismo gesto iluminando su rostro.

Finalmente, no resistí el extraño impulso que se había apoderado de mí, y me acerqué a él hasta sentarme en su mismo banco, como si la cercanía pudiera proporcionar alguna respuesta lógica a mi curiosidad.

El anciano respondió a mi saludo con una leve inclinación de cabeza, sin que la sonrisa le abandonara un instante, aunque era evidente por un ligero cambio en la mirada que mi presencia le había hecho volver a la realidad.

– “Espero no molestar”. – le dije a modo de disculpa. – “tal vez está esperando a alguien…”.

– “En realidad tengo una cita, sí, pero no se preocupe joven, el banco es amplio”.- contestó, sin apartar la vista de la puerta del cine.

En aquel momento me sentí bastante estúpido, convencido de estar interrumpiendo a aquel hombre y sin saber muy bien si debía continuar con la conversación. Improvisar se me estaba dando fatal.

Impulsado por un extraño afán, tragué saliva y proseguí – “imaginé que habría quedado con alguien al ver eso”. – dije, señalando el ramo con un movimiento de mi cabeza.

– “Sí, es un pequeño obsequio, a ella siempre le han encantado las rosas y yo siempre se las he regalado”.

Me pareció curioso en una persona de su edad. Siempre tenemos la manía o el extraño prejuicio, signo de esa prepotencia de los menores de 40 hoy en día, de pensar que a partir de ciertos años ya no hay posibilidad de enamorarse, que eso es algo que sólo ocurre durante la juventud, y olvidamos que los sentimientos no saben de edades. Era algo sorprendente, pero entrañable a la vez, verle allí sentado, arreglado y con las rosas que a aquella mujer sin nombre le gustaban.

– “Un detalle que ella le agradecerá, sin duda”. – Una sensación de empatía me había rodeado de pronto.

El anciano sonrió a mis palabras, y aquello, en cierto modo, me animó a seguir preguntando.

– “¿No se trata de un lugar poco usual para una cita?, ¿tal vez van a ver alguna película?”.- Dada la temática de los films que se proyectaban, dudaba de que aquella fuera la causa, pero aun así le interrogué.

– “¿Lo dice por mi edad? oh, bueno, es una tradición que mantengo… “. – Ahora su rostro se había girado hacia mí mientras se explicaba, aunque sin dejar de sonreírme, con un cierto aire de maestro que repite pacientemente la lección al alumno menos brillante.- “Hace ya años, en este lugar, tuvimos nuestra primera cita, la tarde de un lejano catorce de octubre, como hoy”.

La fecha resonó en mi interior con el eco de un trueno. El mismo día.

-“Y después de tanto tiempo… ¿siguen repitiendo aquel primer encuentro?”. – No es que me quedara confundido, pero sí impresionado, y la pregunta escapó de mis labios sin apenas pensarla.

– “Es mi manera de tenerla presente”.

– “Pero… ¿no está?”. – Al instante me arrepentí de decir aquello.

– “Hace muchos años que la perdí, pero no hay un solo día que no piense en ella, que la sienta a mi lado, que le hable… ella ha sido mi amor, mi mundo, mi vida entera… cómo olvidar entonces nuestra primera cita y cómo no traerle sus rosas, si sigue siendo el centro de mi universo”.

Guardé silencio. Yo también, como el anciano antes, caí en una especie de ensoñación que me llevó a mi propio catorce de octubre, al recuerdo del movimiento de su melena al caminar, de su sonrisa al saludarnos, de la conversación algo nerviosa que, poco a poco, se tornó fluida y familiar, del deambular de cafetería en cafetería para alargar hasta el límite aquella charla que me permitía no apartar mi mirada de la suya, de aquel primer beso antes del primer adiós…

Al final, un movimiento del hombre me devolvió a la realidad.

– “Lamento interrumpirle en sus pensamientos, pero es ya un poco tarde, y a mi edad el relente de la noche no es lo más aconsejable…”.- hablaba mientras se incorporaba con cierta dificultad.- ha sido agradable conversar con usted, joven”.- El anciano, ya de pie, me dedico una nueva sonrisa.

– “Soy yo el que le da las gracias por haber compartido su tiempo conmigo…”.

Creí percibir un velo de tristeza en sus ojos, justo antes de girar para alejarse, caminando con lentitud entre el bullicio de la entrada a los cines. En ese instante, acerté a ver el ramo de rosas sobre el asiento, olvidado.

-“!Espere!, ¡las flores!”. – Me levanté como un resorte, gritando para hacerme escuchar.

El hombre se volteó de nuevo hacia mí, intentando lo que resultó un amago de sonrisa. – “Déjelo ahí, son para ella… en este lugar, si volviera, siempre las encontraría”.

Asentí en silencio.

– “Una cosa más, joven…”.- Pareció dudar.

– “¿Si?”.

-“Espero que sabrá disculpar la franqueza de este viejo que ya sólo puede ofrecer consejos…”- Hizo una breve pausa antes de continuar.- “Atrévase a soñar con que usted volverá a entregarle flores a su amor, de nuevo”. – Los ojos del anciano me observaban entonces fijamente.

– “Lo haré…”.- Mi mirada mantuvo la suya y la reconocí. Si, además de afecto, era melancolía.

Con un último gesto de cabeza a modo de saludo, el hombre continuó su caminar, perdiéndose poco a poco entre el gentío, hasta que fui incapaz de distinguir la figura que se alejaba despacio.

No sé el tiempo que permanecí allí, de pie, escrutando con la vista en aquella misma dirección, hasta que finalmente miré de nuevo las rosas, delicadamente apoyadas en el banco, y encendí un cigarrillo más mientras dejaba que las sombras de la noche otoñal me envolvieran, ajeno al resto del mundo.

Pero fue curioso, en ese momento tuve la sensación que, pese a la oscuridad creciente, ya no lo percibía todo gris, y hasta la tristeza parecía haber aflojado el puño de hierro con el que apretaba mi pecho; algo había cambiado en mí, y los colores habían vuelto a iluminar el ocaso de aquel extraño catorce de octubre.

Decían en antiguas culturas que las brumas del otoño juegan con nuestros sentidos y entre los jirones ondulantes de la niebla se aparecen imágenes de pasado, presente y futuro trenzando una danza burlona que pocos saben interpretar. No supe si fue debido a  las palabras del anciano, que casi comenzaba a creer fruto de mis propias fantasías salvo por lo real de las flores que permanecían a mi lado; o quizás yo también era víctima del juego de esta estación, odiada y amada a la vez, y mezclé también en ese momento recuerdos, realidad y deseos; pero, al fin y al cabo, todo ello estaba en mí, y como decía el sabio, ese es el material con el que fabricamos nuestras esperanzas. Olvidé las ganas de beber, dejé a un lado mi tristeza recurrente y decidí no renunciar a ellas, convencido, ahora sí, de que es lo único que jamás podrán arrebatarnos.

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Este pequeño relato de hoy está especialmente dedicado a una persona única y que siempre ha estado a mi lado, en lo bueno y en lo menos bueno, y que ya se merecía volver a soñar y sonreír con ilusión renovada. Tú que te has atrevido a dar el salto, disfrútalo como nunca. Recuerda esta frase de “Love Actually”: “¡Vale, hagámoslo! ¡Y que el amor nos cosa a leches!”

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Sucedió una de esas tardes madrileñas del mes de septiembre en las que, tras el insufrible calor y los empujones en busca del último espacio a la sombra de julio y agosto, uno se congracia de nuevo con las terrazas de los bares.

Era la primera vez que nos veíamos después del periplo vacacional -cada uno en una punta del país, ocupados en nuestros propios asuntos- y el lugar, la sensación de reencuentro, de cosas que contar, hacía aún más agradable el momento. Agradable a pesar del silencio que en ese minuto nos acompañaba, pues no era un mutismo incómodo, más bien parecía un paréntesis para mirar hacia adentro, rebuscar en las sensaciones y recuerdos, y volver a hablar.

Aproveché el instante para observarle con mayor detenimiento y curiosidad. Era él, y a la vez no lo era. Sus ojos parecían estar mirando al infinito, contemplando paisajes que sólo él podía ver, mundos que sólo él conocía. De nuevo pude apreciar aquel brillo especial que hacía años se apagó y que, temí, no volvería a ver presente en ellos.

– Has cambiado. –le dije, rompiendo aquella pausa.

Él pareció sorprenderse al escuchar mis palabras. Con un gesto de incredulidad todavía en su rostro, me preguntó.

– ¿A qué te refieres?

– A que ya no veo esas cejas fruncidas en gesto serio, a que tu boca ya no dibuja una mueca de disgusto, a que hay luz en tus ojos … A que vuelves a estar vivo.

Pareció dudar por un instante, como sopesando la respuesta que debía darme.

– Quizá es que quiero retomar el aprender a vivir…

– Con esta sociedad egoísta e inhumana que nos rodea y en la que nos ahogamos solos, ¿no es lo que queremos todos?

Me miró fijamente antes de continuar.

– No me acostumbro a este mundo de cosas caras, personas baratas, valores en rebajas, sentimientos en liquidación y ofertas de amor de última hora. Me apetece volver ¿sabes?

– ¿Volver dónde?

– No es donde, es a qué… me apetece volver a mirar unos ojos que brillan. A tomar una mano entre las mías. A recorrer, sin prisas, jugando, un cuerpo con mi dedo, descubriendo cada centímetro de piel. A conducir sin hora de llegada, mientras grito esa vieja canción. Llorar de risa y reírme de todo lo llorado. Enamorarme de un atardecer y enamorarme en un atardecer. Empaparme bajo la lluvia de una tormenta de verano, mientras miro al cielo, sintiendo las gotas de agua en el rostro. Abrazar dando saltos y bailar en un concierto hasta acabar con agujetas. Me apetece bañarme en la playa, desnudo, un sábado por la noche, con la luna iluminando el momento. Fumarme un cigarro a medias mientras miramos el humo ascender en arabescos. Morder con suavidad unos labios, porque me ha hecho gracia la sonrisa que dibujaban, sólo por eso. Saltar de la cama ilusionado, sin importar cómo de grande sea el madrugón. A pasar más tiempo riéndome que buscando un motivo para hacerlo. A comprar ropa nueva, mirarme al espejo con ella y estar contento con lo que veo. Viajar a lugares pequeños, lejos de los hoteles “todo incluido”, conocer gente y encontrar amigos para toda la vida. A dejarme crecer la barba, raparme la cabeza o, por el contrario, hacerme una coleta, ¡yo que sé!

Y es que, de repente, lo vi claro, y todo se volvió tan simple que asustaba. El secreto estaba ahí, ante mí durante todo este tiempo, pero invisible tal vez por nuestra obcecada obsesión por buscar sin saber mirar. Resulta irónico tanto esfuerzo y tiempo desperdiciado cuando una simple frase, un simple gesto, conectan un interruptor en nuestro cerebro que, en ese instante, hace desaparecer las necesidades ficticias; hace que, de improviso, se reduzca el equipaje que arrastramos y nos lastra. Entonces, las opiniones de los demás, son realmente de los demás, incluso si son sobre nosotros; no importa. Abandonamos certezas porque ya no estamos seguros de nada, y es que, en realidad, no nos hace falta. Vivimos de acuerdo a lo que sentimos. Dejamos de juzgar, porque ya no hay bien o mal, sino más bien la vida que eligió cada uno. Finalmente entendemos que todo lo que importa es tener paz y tranquilidad, es vivir sin miedo, es hacer lo que alegra el corazón en ese momento. Y nada más. Cuando descubrimos todo eso es cuando llega la satisfacción plena. La verdadera felicidad.

– Me voy a comer el mundo, y cuando acabe volveré a empezar.- Me dijo. – ¿Te apuntas?.

Todavía no sé si fue por un vano intento de aferrarme al pasado, una excusa provocada por el vértigo ante la realidad que acababa de descubrir o un grito de esperanza pero, pese a verlo todo claro, acompañada de un gesto entre resignación y disculpa con los hombros y una triste sonrisa, le respondí con una frase escueta:

– Amigo, ayer hablé de nuevo con ella…

UN CUENTO DE MAYO

Publicado: 10 de junio de 2013 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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zippo2Bajó del autobús dificultosamente -con la larga cicatriz de la pierna provocando un lacerante escozor- entumecido por las horas de viaje, y un inequívoco aire desorientado, perdido, con la sensación de un naufrago recién llegado a la orilla de la isla desconocida, titubeando sobre qué camino seguir.

Por unos momentos permaneció quieto, los ojos entrecerrados, deslumbrado todavía por la exuberante luz que parece envolver siempre aquella parte de la costa.

El día había amanecido con un cielo límpido, luminoso, que se fundía con los mil tonos de azul -como si de un muestrario de pintura se tratara- que reflejaba el mar. Uno de esos días que, si hubiese estado de mejor ánimo, hasta le habría obligado a dedicar un buen rato para admirar la belleza que le rodeaba. Pero, sin duda, el lado más sensible de su carácter no le acompañaba aquella mañana.

Pasado el primer instante de duda, se puso las gafas de sol y –suspirando cansinamente- observó con más detalle a su alrededor. Tanto derecha como izquierda le eran indiferentes, su única prioridad era elegir la ruta que le llevara, lo más rápidamente posible, a un bar donde poder dar rienda suelta a su frustración, vaciando una copa tras otra. Hurgó con la mano derecha el bolsillo de los raídos vaqueros y extrajo unas monedas y algún billete pequeño. Su último capital. Acertó a contar no menos de veinte euros en calderilla y otro tanto en papel. Lo suficiente para pagarse el olvido durante lo que quedaba de día. Y luego… Se encogió de hombros en un gesto de indiferencia, ya no confiaba en el futuro. Una amarga sonrisa se dibujó en su rostro mal afeitado al recordar los tiempos en los que solía gastar cien veces más dinero en una simple sobremesa.

Eligió el camino de la izquierda, y su elección se vio premiada con un cartel señalando un bar, apenas a cincuenta metros de la parada del autobús.

– “Mi suerte ha vuelto”- se dijo a sí mismo, irónicamente.

Al llegar a la puerta del local, que parecía vacío a aquellas horas, se detuvo para quitarse las gafas antes de zambullirse en la oscuridad del interior. Parpadeó unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra que reinaba en el antro. Tal como le había parecido al entrar, aquel era un garito de mala muerte, con una decoración y un mobiliario cuyos instantes de esplendor debían remontarse a los años ochenta. Finalmente, acertó a adivinar el movimiento de una mujer tras la pesada barra de madera oscurecida que parecía presidir, como un largo altar de rituales paganos, aquel espacio destartalado. Se acercó despacio, mientras ella levantaba la vista al escuchar sus pasos, ofreciendo a la camarera una sonrisa a modo de saludo.

La observó con atención. Rubia teñida, frisando unos cuarenta años que ya dejaban vislumbrar los efectos de la edad y de la vida en el rostro. Y unos ojos verdes, grandes, que atraían la mirada, pese a adivinar en ellos una cierta tristeza, como si hubiesen visto pasar ante sí tiempos mejores.

Ella también le miraba con curiosidad indisimulada mientras, a manera de devolver su saludo, pareció obligada a desabrochar coquetamente otro de los botones de su blusa, dejando entrever un insinuante escote, como agradeciendo su gesto amistoso, lo cual – pensó él, viendo el movimiento- no debía ser una muestra de cortesía muy común hacia los parroquianos del bar.

No lo pudo evitar, pasados esos primeros momentos, sintió pena por ambos. Dos seres que, sin duda, habían tenido su momento y que, ahora, como trastos viejos, la vida había terminado por arrumbarlos en aquel lugar, igual que la marea arroja los restos de un naufragio a la arena de una playa, hasta terminar varados entre despojos en descomposición.

Absorto en esos pensamientos, siguió contemplando unos instantes los hielos que flotaban dentro de la copa de whisky que su accidental compañera de desventuras había depositado delante de él, sobre un pequeño posavasos de cartón. Sin duda, un pequeño detalle de distinción que supo agradecer con una nueva sonrisa que ella devolvió al instante.

Jugueteando con el vaso entre las manos, los pensamientos volvieron de nuevo hacia su situación. Su vida se había deshecho como se deshacían los cubitos en el licor, sin dejar rastro. Ni su ex mujer, ni amiguitas, ni negocios, ni coches, ni barcos, ni dinero. Nada. Sólo un lejano y doloroso recuerdo, y la amarga sensación -que parecía agarrarse a la boca de su estómago- de haber desperdiciado el tiempo y las ocasiones para ser feliz. Lo quiso todo y a toda velocidad, y había ido tan deprisa que había despilfarrado su vida -todo lo que otros luchan por intentar conseguir y construir con paciencia y esmero- en apenas unos años. Hasta no quedarle nada, salvo la certeza de haberse equivocado.

Por eso, ahora estaba allí. Un lugar cualquiera, en un momento cualquiera. Porque era perfecta –dolorosamente- consciente de haber perdido el rumbo y de ni siquiera saber para qué diablos había sobrevivido al accidente de moto, resultado final de su alocada carrera a ninguna parte cuando ya todo se hundía a su alrededor, y que le había mantenido ingresado más de tres meses en el hospital. Odiaba no tener respuestas y, más aún, la sensación de sentirse maniatado y no poder, o no saber, buscarlas en ningún lugar.

Sintiendo emerger de su interior un irrefrenable sentimiento de rabia e impotencia, apuró de un trago su whisky, dejando el vaso sobre la barra con un golpe seco. El choque del cristal con la madera pareció devolverle a la realidad, alejándole de sus tormentosos pensamientos. Acertó a darse cuenta que la camarera le observaba fijamente, con una cierta aprensión que se adivinaba en su mirada.

Él sonrió de nuevo intentando tranquilizarla.

– “Ponme otra copa, ¿quieres?” -. Dijo, agitando el vaso y haciendo tintinear los restos de hielo. Los ojos de ella abandonaron la inquietud, mientras se acercaba con la botella en la mano.

Entre tanto la mujer rellenaba la copa con el licor de color ambarino, rebuscó en los bolsillos de la cazadora hasta encontrar un arrugado paquete de tabaco a medio consumir y su viejo encendedor zippo, adornado con el dibujo de un trébol de cuatro hojas. Miró con atención, por un instante, el símbolo serigrafiado, y pensó con amargura en lo lejos que quedaban ya los buenos tiempos. Se habían marchado para siempre.

Con uno de los cigarrillos entre los dedos, hizo amago de levantarse del taburete para salir, estirando la maltrecha pierna, pero la camarera, dejando de nuevo la copa ya llena delante de él, realizó un gesto para detenerle.

– “No hace falta que vayas fuera, puedes fumar aquí”. – dijo en tono amistoso, con una dulce voz. Era la primera vez que la escuchaba hablar. –“Total, no hay nadie más en el bar”.- añadió, mientras su mano giraba describiendo un explícito círculo.

-“Gracias…” .– titubeó él por un instante- “Lo siento, no sé tu nombre…”.

– “Tania”.- El nombre salió suavemente de sus labios, seguido de un muy femenino, instintivo y natural movimiento de la mano, ahuecando ligeramente el cabello. – “Me llamo Tania”.

– “Pues encantado Tania”. –respondió, levantando el vaso hacia ella, a modo de brindis.

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Tras la ducha y arreglarse discretamente, la mujer salió del pequeño cuarto de baño y comprobó la hora en el estrafalario reloj publicitario que coronaba la puerta de la cocina. Ya casi era momento de marcharse. Encendió un cigarrillo y cerró los ojos, intentando evadirse por un instante de la algarabía que formaban los niños jugando en la casa y de, lo que era mucho más difícil, demasiados sueños rotos.

Atraídos por las historias de éxito que no paraban de escuchar de boca de familiares, amigos y conocidos, su marido y ella habían llegado a España con sus dos hijos hacía ya seis años, cargados de esperanzas e ilusiones por labrar un futuro a ellos y a los niños. Al principio todo marchó bien, ambos consiguieron un buen trabajo; ella, de cajera en un supermercado; él, de fontanero en una empresa de construcción. Ahorraron, hicieron planes, recibieron el nuevo embarazo de ella como un buen augurio. Incluso se decidieron a comprar su propio piso. La suerte les sonreía por primera vez.

Pero su alegría y sus proyectos fueron borrados de un plumazo por la crisis, como los de otras tantas miles y miles de víctimas del capricho de unos poderes que jamás llegarían a entender. Lo único que comprendieron bien es que la vida parece disfrutar aplastando siempre a los mismos. Él fue el primero en acabar sin empleo, ella le siguió a los pocos meses. Y justo hacía un año, el banco, que antes tanto les distinguía –con los halagos y las sonrisas serviles del empleado de turno- como clientes modelo, ahora les echaba a la calle por no pagar la hipoteca del hogar que con tanta ilusión habían intentado construir.

Ahora él deambulaba de un lado al otro de la península, buscándose la vida como jornalero –siempre lejos de casa- junto a otros miles de personas en su misma situación, y ella se mataba durante turnos interminables en un restaurante de playa por el salario mínimo y un pellizco de propinas conseguidas a fuerza de haber aprendido a sonreír sin tener ganas de hacerlo. Al menos así podían pagar el alquiler de un diminuto y vetusto apartamento, esperando que la economía, o un golpe del destino, cambiara de nuevo su suerte.

La queja en forma de gritito agudo del pequeño de sus hijos hizo que abandonase aquellos pensamientos.

– “Niños, paren ya, mamá se tiene que marchar”. – Dijo al acercarse hasta el pequeño dormitorio infantil.

– “Julio José, la cena está en la cocina, encárgate de tus hermanos, y no me los enojes”.

– “Pero mamá” – dijo el mayor de los niños con el ceño fruncido y señalando con el dedo índice a los dos pequeños que observaban escondidos entre almohadones, en el colchón inferior de la litera que presidía la habitación- “Si son ellos”.

– “Paciencia mijito…”.- respondió ella con una sonrisa, mientras acariciaba con cariño el cabello ensortijado de su primogénito.

– “Hagan caso a su hermano”- añadió con simulado enfado al mirar a sus otros dos hijos- “Y recuerden que a las 10 deben acostarse”.

Los adioses y los te quiero la acompañaron hasta que salió por la puerta del domicilio.

Ya en la calle, se giró para mirar una última vez a las ventanas de su casa. Tres caritas sonrientes y tres manitas saludaban alegremente. Con un gesto maternal, mandó un beso hacia ellos y, sin dejar de observarlos, se dirigió a paso rápido hacia su trabajo. Al doblar la esquina quiso encender un nuevo cigarrillo. Buscó dentro de su bolso -que colgaba en bandolera de su hombro- en los bolsillos de sus pantalones, en la camisa. Nada. No encontró el mechero. Hubiese jurado que lo tenía antes de salir. Resignada, guardó el paquete de tabaco, y continuó caminando.

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La mañana había dado paso a la tarde, y ésta transcurrió entre copas de whisky, cigarrillos apurados hasta el filtro -que sembraban el ancho cenicero de cristal macizo- confidencias compartidas a media voz con aquella casual compañera de desventuras, y un polvo inesperado en el almacén del local -rodeados de cajas de refrescos- que surgió con tal naturalidad que ambos no pudieron dejar de sorprenderse, abrazados el uno al otro con desesperación, como náufragos a su salvavidas, con una ternura que les hizo conmoverse de una forma que, hacía tiempo, ninguno había sentido.

Se despidió de Tania con un último beso en los labios, mientras ella, con una sonrisa melancólica, volvía a abrocharse recatadamente los botones de la blusa.

– “Quizá mañana nos volvamos a ver…”. – dijo, llevado más por la esperanza que por la convicción, mientras observaba como la mujer se colocaba el cabello.

Ella clavó fijamente los ojos en los suyos, con una mirada mezcla de ternura y amargura. Sus labios dibujaron un amago de sonrisa mientras, sin decir palabra, sin apartar la vista de él, acercó tímidamente su mano hasta acariciar levemente, con suavidad, su mal afeitado rostro.

– “Cuídate mucho Tania”. – acertó a decir tras dejar de sentir el contacto femenino, presa de una sensación de cariño y una congoja que intentaba controlar. La habría estrechado entre sus brazos y olvidado soltarla.

No pudo seguir mirando aquellos ojos que le observaban con un brillo húmedo, como suplicantes. Haciendo un supremo esfuerzo y dando media vuelta, a duras penas, salió del bar. Con la sensación de dejar atrás, a su espalda, la última oportunidad. Llevaba los puños apretados hasta poner blancos sus nudillos.

Ya en la calle, se detuvo por un instante, erguido, en mitad de la acera, esforzándose por calmar las palpitaciones que hacían que su corazón pareciese un potro cabalgando desbocado dentro de su pecho.

Respiró profundamente, dejando que sus pulmones se llenasen del fresco aire marino que suavizaba el calor de última hora de la tarde. Más sosegado, encendió el último cigarrillo que le quedaba, se acarició la entumecida pierna y, a paso lento, se perdió caminando, sin rumbo fijo, por las callejas que salían del paseo marítimo.

Incluso antes de doblar la esquina, el acre olor a humo llegó hasta sus fosas nasales. Cuando finalmente giró, pudo ver las fluctuantes llamaradas amarillo-rojizas que surgían por las ventanas del edificio, como interpretando una danza malévola, rodeadas de pesadas volutas de humo color gris marengo que ascendían hacia el cielo, ocultando la fachada de la finca con un siniestro manto.

Entre las voces nerviosas de los desconcertados vecinos, el crepitar del fuego y el todavía lejano ulular de las sirenas de los vehículos de emergencia que se aproximaban al lugar, acertó a distinguir un infantil grito de terror y, prestando más atención, los entrecortados lloriqueos de niños.

Mientras se acercaba más al edifico, la figura de un hombre, ennegrecido y sofocado por el humo, surgió tambaleante del portal.

-“Los críos”. –acertó apenas a decir, sacudido por convulsas toses- “Sacad a esos críos”.

Mientras algunos curiosos sostenían al individuo que caía en sus brazos, aquel grito penetró en él hasta llegar a su cerebro, que tardo apenas unas décimas de segundo en asimilar su significado.

Ni siquiera dio tiempo a pensar en nada más, en un acto reflejo se lanzó a la carrera hacia la finca siniestrada que, para entonces, vomitaba humo por la puerta, como queriendo impedir la entrada o salida de ningún ser vivo de aquella trampa de fuego.

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Los primeros vehículos de bomberos abandonaban ya el lugar del incendio y los agentes de la policía comenzaban a permitir el paso a los todavía amedrentados transeúntes.

La gente miraba consternada los restos aún humeantes del edificio y, no sin cierto temor, el cuerpo que permanecía tumbado sobre el asfalto -tapado por unas mantas térmicas- junto a una de las ambulancias y rodeado del juez, la policía y el personal sanitario.

Uno de los agentes recogía con cuidado algunos efectos personales de la víctima, introduciéndolos en una bolsa de plástico.

– “Pobre tipo…”. – Dijo un médico, que se encontraba a su lado.

– “¿Qué pasó exactamente?”.- preguntó el policía.

– “Los testigos dicen que el hombre apareció como por ensalmo y que, sin dar tiempo a que alguien se lo pudiera impedir, se lanzó a correr hacia el portal”.

-“¿Vecino de la finca?”.

– “No, nadie parece conocerle”.

– “Alguien que pasaba por aquí y que se la jugó…”.

– “Gracias a él, dos de los niños están sanos y salvos… una pequeña intoxicación debida a la inhalación de humo, pero nada serio”.

– “¿Y el otro niño, el pequeño?”

– “Está grave, con algunas quemaduras que parecen de segundo grado, y necesita oxígeno, pero creo que sobrevivirá. Al parecer, se había escondido en el cuarto de baño, pero este tipo consiguió bajarlo -protegiendo al crío con su propio cuerpo y unas mantas- casi hasta la puerta de la calle, aunque para entonces todo el maldito edificio era ya un infierno. Ha tenido mucha suerte”.

– “Pero este hombre no la tuvo”. –respondió, señalando con un gesto de cabeza hacia el desconocido cubierto en el suelo.

– “Me temo que no…”.

El policía guardó silencio, mirando el cadáver que yacía ante él. Un reflejo metálico junto al cuerpo, producido por las luces de emergencia de uno de los vehículos, le hizo fijarse con más atención. A medio salir de uno de los bolsillos del pantalón ennegrecido y medio chamuscado, asomaba lo que parecía ser un encendedor de metal. Con cuidado, terminó de extraer lo que efectivamente era un zippo con un trébol de cuatro hojas adornando su superficie.

Sostuvo aquel mechero y lo observó meditabundo, mientras le daba vueltas con los dedos enguantados.

-“La verdad, cuando suceden estas cosas, siempre me pregunto lo mismo…”.

-“¿Qué?”.

– “¿De qué pasta especial están hechos los héroes?”.

Llevaba despierto desde cerca de las tres de la mañana, con los ojos como platos, mirando al techo sin ver nada, con el cerebro trabajando sin descanso, acelerado, con la sensación de que la cabeza me iba a estallar de un momento a otro, como un motor pasado de revoluciones.

Las ideas se entremezclaban de manera incoherente, a velocidad vertiginosa, llendo y viniendo como nubes en un huracán.

Ni la música de Bach, que sonaba a través de los cascos del ipod, ni los cigarrillos que, uno a uno, iba fumando y aplastando concienzudamente contra el cenicero rebosante, conseguían que apartase de mí aquella danza de recuerdos e imágenes del pasado que me visitaban una vez más, como en tantas ocasiones anteriores.

Me preguntaba el por qué de todo aquello, de esa situación absurda. Sin encontrar un trabajo digno como abogado, viviendo lejos de Samantha, en aquel apartamentucho de mala muerte de esta ciudad, que cada día me parecía más  fría y deshumanizada, haciéndome sentir a  años luz de distancia de mi amor, de mis amigos y de lo que había sido mi vida antes que aquella maldita crisis diera al traste con proyectos, ilusiones y deseos, y me arrastrara a este abismo en el que ahora habitaba.

Recordando besos, abrazos, sonrisas… el sonido de su voz, la calidez de su piel, la suavidad de su cabello. Las veladas en nuestro piso, cenando comida japonesa sentados en el suelo, las escapadas de fin de semana a algún hotelito encantador y tranquilo donde hacíamos el amor sin prisa, como si el tiempo fuese infinito. Las divertidas discusiones mientras Samantha me enseñaba el boceto en el que ella trabajaba, con los planos de la casa que soñábamos construirnos y donde vivir juntos, formando un hogar con los niños que deseábamos tener, y con alguna mascota para la que también hacíamos hueco en los planos: este muro más a la izquierda, esta ventana más a la derecha, la puerta más ancha, el porche más amplio… disputas entre risas y fingidas caras de indignación que siempre terminaban en apasionados besos, mientras nos quitábamos la ropa uno a otro camino del dormitorio.

Hasta que estalló la burbuja financiera, mi empresa perdió millones en la debacle y yo fui uno de los cientos de ejecutivos que llegamos una mañana a nuestro puesto de trabajo, como cualquier otro día, y a las dos horas salíamos por la puerta del edificio de oficinas con nuestros efectos personales en una caja de cartón -la mueca de sorpresa todavía dibujada en el rostro- mientras decenas de micrófonos y cámaras de los medios de comunicación nos rodeaban para captar algunas declaraciones con las que abrir sus informativos con la noticia de otra nueva suspensión de pagos de una gran compañía.

Después, la búsqueda infructuosa, la desazón, las primeras disputas, los sueños que se convertían en ceniza… el dormir mirando cada uno hacía distinto lado, los silencios, los reproches… y el estruendo final de un último portazo con el que dejé atrás a Samantha y lo que había sido mi vida hasta entonces. Excepto por los recuerdos que me acompañaban y se negaban a dejarme, como sucedía una vez más en aquella interminable noche.

Miré el reloj de nuevo. Las seis y media de la mañana. Cerré los ojos con fuerza y apreté los puños, pugnando por poner fin al bullir de mi cabeza. Respiré hondo y me levanté de golpe, y sin pensar en nada más, me dirigí al cuarto de baño, abrí en grifo del lavabo y –con las manos en forma de cuenco- me lancé el agua fría contra la cara, como para borrar lo sucedido durante la noche y espabilarme lo suficiente.

Todavía chorreando, me puse la ropa de deporte, los pantalones del chándal, una camiseta y las zapatillas.

Salí a la calle cuando apenas las primeras luces del amanecer hacían acto de presencia en el horizonte, y tras un leve espasmo corporal debido al frescor de la madrugada, comencé a desentumecer todos mis músculos emprendiendo un ligero trote. A los pocos minutos ya mantenía un ritmo de carrera sostenido, notando como el vigor me entonaba todo el cuerpo y el aire fresco matutino devolvía mi mente a un estado de concentración, pendiente ahora de pulsaciones y distancia recorrida.

El ejercicio me sentó bien. Al llegar al parque dediqué una rato a hacer flexiones y abdominales, y tras una vuelta al estanque, corriendo a máxima velocidad, regresé de nuevo a casa a un ritmo más ligero.

La ducha alternando agua fría y caliente terminó de recuperarme, y sintiéndome mejor, me preparé el desayuno. Un zumo de arándanos, tostadas con aceite y un café solo bien cargado. Mientras saboreaba la comida, iba haciendo un repaso mental a todo lo que debía hacer durante el día.

Procuré dejar a un lado los pensamientos y las imágenes con las que había pasado la noche, enterrarlas momentáneamente en lo más profundo de mi mente, al menos hasta la próxima vez que escapasen de su encierro para atormentarme de nuevo. Pero ahora necesitaba volver a mis rutinas y concentrarme.

Con una taza de café humeante en la mano me dirigí a la mesita que me servía de estudio y encendí el ordenador. Mi primera labor sería revisar todas las páginas web de empleo en busca de ofertas acordes con mi currículum. Me estiré en la silla, acerqué un cenicero vacío y me puse manos a la obra.

Mientras revisaba los diferentes anuncios y me apuntaba a alguno de ellos, no podía evitar pensar en los cientos de candidatos que en ese momento estarían haciendo lo mismo que yo, en las situaciones desesperadas –con familias a las que mantener, hipotecas que pagar- que se escondían detrás de cada envío, con todas las esperanzas y todos los sueños puestos en un simple “click”.

Cuando terminé, el cenicero se encontraba repleto de colillas aplastadas.

Necesitaba salir de aquella situación, volver a la normalidad de un empleo estable, de unos proyectos de futuro… y quién sabe si también volver a abrazar a Samantha. Seguir soportando las noches de insomnio, la ansiedad, la soledad… todo aquello tenía un límite, y creo que la capacidad de mi mente se encontraba cerca de él.

Dios, Samantha… como echaba el falta su contacto, su calor, su piel, el aroma de su perfume, el sonido de su voz…

Me levanté con rapidez y me dirigí al banco de gimnasia. Frenéticamente me lancé a realizar las diferentes tablas de ejercicios, intentando dejar a un lado recuerdos y emociones.

Al terminar, apoyado todavía sobre el respaldo, intenté vaciar la mente de pensamientos mientras recuperaba el aliento, con la mirada fija en el blanco del techo, sumergiéndome en la nada, abandonándome en ese vacío de color.

Al cabo de unos minutos, con la respiración ya pausada, regrese hasta la mesita del estudio.

Abrí la cartera y extraje la foto.

La contemplé largo rato. Su cabello rubio cayendo sobre los hombros, su mirada vivaz, su rostro de rasgos suaves y armoniosos, su esbelta figura…

Conocía perfectamente sus horarios, sus rutinas diarias, sus costumbres y sus gustos. Cuándo salía de casa para ir a trabajar, cuándo a comer, a qué hora terminaba en la oficina y regresaba a casa. Los días en que visitaba el gimnasio o la peluquería, los locales en los que de vez en cuando tomaba algo con los compañeros después de su jornada laboral… era martes, así que saldría del trabajo a las seis de la tarde y se dirigiría caminado hasta el gimnasio, a cinco manzanas de la oficina.

Una vez allí, su costumbre era estar haciendo ejercicio entre una hora y tres cuartos y dos horas.

Comencé a hacer un rápido repaso mental de la ruta, de los tiempos y de las distancias y calculé que saldría entre las ocho y cinco y las ocho y veinte, para luego dirigirse a la boca de metro más próxima, a unos diez minutos del gimnasio.

Decidí esperarla a la salida de la oficina.

Me duché de nuevo y me vestí con cómoda ropa de sport. Consulté el reloj y preferí esperar un poco antes de salir. Siempre confiando en una llamada de alguna empresa o de algún “head-hunter” que hubiese leído mi currículum y me citase para una entrevista, aunque el teléfono se empeñaba en no sonar. Me preparé una taza de té y, sentado en el sillón del escritorio, contemplé las vistas desde mi ventana mientras encendía un cigarrillo y procuraba mantenerme con la mente en blanco, sin conseguirlo.

Cuánto añoraba a Samantha, y cómo la deseaba.

A las cinco me puse en pie y salí de casa, no sin antes guardar los dos teléfonos móviles en el bolso-bandolera que llevaba colgado del hombro, bajo la cazadora, cruzándome el pecho.

Tomé el metro hasta la estación más cercana a su trabajo, ensimismado en mis pensamientos pero sin dejar de prestar atención a la gente que entraba y salía del vagón. Hombres y mujeres con caras de preocupación, unos, de resignación o desidia, otros, o de alegría, los menos. Personas de todas las edades y de todas las razas con el denominador común de vivir atrapados en aquella gran ciudad, sujetos a deberes, obligaciones y rutinas que, en vez de acercarles a sus sueños, les alejaban cada vez más de aquello que alguna vez fue su ilusión. Silenciosos y perdidos como estaba yo mismo.

Salí a la superficie con sensación de asfixia, deseando sentir de nuevo el aire fresco en mi rostro. Respiré con placer llenando mis pulmones, despacio, y me acerqué caminando despacio hacia su edificio de oficinas.

Me situé en la acera de enfrente y consulté el reloj. Las seis menos cuarto. Encendí un cigarrillo y esperé pacientemente, apoyado en una farola,  hasta que saliera.

No tuve que esperar mucho, puesto que eran poco más de las seis cuando pude distinguir una melena rubia entre la gente que pasaba en tropel por las puertas, terminada su jornada laboral. Si, era ella, inconfundible en su andar cadencioso, en su peculiar manera de mover la cabeza, apartando el cabello de su rostro o en su forma de sujetar el bolso, siempre pegado al pecho, como una quinceañera haría con su carpeta del instituto. El gesto me hizo sonreír.

Una vez pude confirmar que tomaba la dirección del gimnasio,  seguí sus pasos sin cambiar de acera, unos metros por detrás de su altura, sin perderla de vista.

Continué observándola mientras caminábamos. Sus movimientos resultaban armoniosos y femeninos, e imprimían un gracioso vaivén de un lado al otro al cabello que caía por su espalda. De nuevo sonreí ligeramente, pensando que la primera vez que la vi no me había llamado especialmente la atención, pero tenía que reconocer que ahora mi opinión era muy diferente.

Llegamos hasta la puerta de su gimnasio y yo me detuve sin dejar de mirarla, mientras desaparecía en el interior del local.

Decidí entrar en una cafetería situada enfrente, y sentarme en una de las mesas junto a los amplios ventanales, desde donde podía observar tranquilamente.

Miré el reloj y calculé que al menos me quedaba una hora y media de espera. Me acomodé en el asiento mientras tomaba un café, dejando que de nuevo mis sentimientos afloraran.

Qué absurdo resultaba todo. Desde que perdí mi trabajo, y sobre todo desde que perdí a Samantha, mi existencia había dado un vuelco, había perdido mis referentes. El camino que, hasta entonces, pensaba que seguiría en la vida. Prosperar, formalizar una relación, la convivencia, una familia, un hogar… y sin embargo, de todo aquello, ahora solo quedaban recuerdos y sueños rotos. La realidad, cruda y sórdida, había terminado por imponerse. Ahora formaba parte de la inmensa legión de desencantados y descreídos. De todos esos seres, grises y anónimos, que arrastran sus miserias día a día en ciudades como esta, en la que nadie importa a nadie y los individuos nacen, viven y mueren solos, pese a estar rodeados de gente. Y ahí estaba, perdido en un local anodino, sentado con otras personas tan solas como yo, ensimismadas en sus propios problemas, y esperando que ella saliese del gimnasio como único punto de referencia mínimamente estable en medio de aquel devenir absurdo en que se había convertido mi día a día.

Cansado de tales pensamientos y del ambiente mortecino y deprimente de la cafetería, salí a la calle a fumar un cigarrillo, agradecido de sentir el frio de la incipiente noche.

Al poco rato la vi de nuevo, saliendo del gimnasio. Consulté otra vez la hora. Las ocho y cuarto. Tan puntual como siempre.

La observé mientras caminaba con ese paso elegante. Al fijarme pude apreciar el rubor de sus mejillas tras el ejercicio y la ducha, las puntas de su cabello ligeramente mojadas… sin duda detalles que la hacían estar muy atractiva.

Me cercioré que había tomado el camino al metro, así que me adelante a ella con paso rápido hasta dejarla atrás, a mi derecha. Unos cien metros más adelante, crucé la calle hasta su misma acera. Aceleré un poco y me situé tras las escaleras de acceso al portal de una de las viviendas, en una zona en penumbra, junto a un seto de coníferas.

Escuché el ruido de sus tacones sobre el pavimento, acercándose paso a paso, cada vez más próximos. Contuve la respiración mientras calculaba el momento propicio. Debía estar ya a dos metros.

Salí de las sombras justo delante de ella. Al verme aparecer, se detuvo de golpe, con su rostro reflejando la sorpresa, los ojos muy abiertos, intentando decir algo pero sin conseguir pronunciar una sola palabra o emitir un solo sonido.

Ya no tuvo tiempo para más. Saqué mi pistola con rapidez y disparé dos veces contra su pecho. Sin apenas ruido, sólo se escuchó el débil siseo del silenciador y el golpe sordo de su cuerpo al caer sobre la acera.

Me acerqué despacio, arrodillándome, y llevé dos dedos enguantados a su cuello. Sin pulso. Muerta.

Con un brusco tirón, arranqué la cadenita de oro que llevaba puesta, quité de sus dedos el par de sortijas y el reloj de la muñeca, después tomé de su bolso la cartera y el teléfono e introduje todos aquellos objetos dentro de una bolsa de plástico con cierre hermético.

La contemplé una última vez antes de alejarme de allí, mientras un charco de sangre se extendía despacio a su alrededor. Aparentemente, la desgraciada víctima de uno más de los atracos que ocurrían a diario. Otro número para engrosar las frías estadísticas. Emití un largo suspiro, me giré y apreté el paso, perdiéndome de nuevo entre las sombras de la noche.

Unas manzanas más allá reduje la marcha y extraje de mi bandolera el móvil de prepago a nombre de una compañía ficticia de las Islas Caimán. Marqué el único número que guardaba en su memoria, y que correspondía a otro teléfono igualmente sin contrato. Escuché una voz al otro lado del auricular.

– “¿Sí?”- contestaron con un cierto tono de tensión.

– “¿Señor Smith?”- pregunté.

– “Sí, soy yo” – respondió el hombre.

– “El encargo está cumplido” – dije, escueto.

– “Gracias señor Brown, recibirá sus honorarios según lo convenido”.

– “Perfecto, si necesita de mí nuevamente, ya sabe cómo ponerse en contacto conmigo”.

– “Lo tendré en cuenta Señor Brown, ha sido un placer hacer negocios con usted”.

Colgué el teléfono sin responder.

Me detuve y saqué mi móvil personal, esperando. A los pocos segundos, la pantalla se ilumino con la entrada de un mensaje nuevo. Acababa de recibir el ingreso de 50.000 dólares en mi cuenta numerada de un banco suizo.

Confirmada la operación, me deshice del teléfono prepago, arrojándolo con todas mis fuerzas contra el suelo, donde saltó en mil pedazos. Con el zapato, empujé los restos hasta el interior de una alcantarilla.

Encendí un nuevo cigarrillo y decidí regresar caminando hacia mi apartamento.

A la memoria me vino el recuerdo de la primera vez. Las nauseas incontenibles que siguieron al disparo en la cabeza que acabó con aquel tipo. Y los dos días posteriores de borrachera casi permanente, intentando extirpar de mi mente, a base de alcohol, la imagen de la sangre salpicando en todas direcciones.

Ahora ya, pasado el tiempo desde entonces, sólo sentía una ligero nudo en la boca del estomago.

Un par de manzanas más lejos, abandoné la bolsa de plástico con el reloj, la cadena, los anillos y el resto de efectos personales, tirándola en el interior de un contenedor de basura.

Lástima de chica, tan joven y atractiva. Y también tan ambiciosa. Demasiado estúpida para  darse cuenta que no se puede jugar con gente de la clase de mi cliente, poderosos, acostumbrados a luchar en la jungla de las altas esferas y salir siempre victoriosos.

De vuelta al apartamento debería destruir sus fotos y las notas que tomé mientras hice el seguimiento. Fue una sensación molesta. Sentí que, casi, casi, sería como liquidarla de nuevo.

Taciturno, proseguí mi paseo. Las luces de la ciudad proyectaban su brillo lleno de vida, iluminando a cientos de personas que caminaban, reían y hablaban, ajenas al drama que acababa de acontecer hacía escasos minutos no lejos de allí, o a otros similares que estarían ocurriendo en aquel mismo momento en aquel universo de asfalto, hormigón y cristal.

Mientras me deshacía de la pistola con silenciador, pensé que necesitaba con urgencia volver a recuperar mi vida. A mi trabajo de abogado. A la normalidad.

Y  de nuevo volví a pensar en Samantha. También la necesitaba a ella.

Cada día más.

Era alto, fuerte, bien parecido. Uno de esos tipos de los que un castizo diría que “su familia no ha pasado hambre nunca”. Tenía una bonita moto, un trabajo envidiable y su última conquista -una rubia que trabajaba en su misma empresa- lo había dejado todo por un beso suyo, incapaz de resistirse a su sonrisa perfecta y su capacidad de seducción. La vida le era propicia, y él lo sabía.

Tenía planes, muchos planes. Aspiraba a más. Deseaba más. A cualquier precio.

En su trabajo, las oportunidades de ascender no le faltarían. Ya tenía un puesto directivo, pero no se conformaba con eso, se había marcado el objetivo de lograr la dirección general. Y nadie le podría hacer sombra. Se sabía más inteligente, mejor preparado y demasiado buen estratega para que algo o alguien se interpusiese en su camino marcado a dirigir la organización.

Esta idea le hizo sonreír. Con la misma satisfacción del lobo que se relame al observar a su víctima.

Hoy tenía una reunión con el resto de gerentes de área para presentar y analizar los resultados trimestrales. Estaba seguro que los suyos causarían sensación, y que los demás no tendrían más remedio que escucharlos con admiración y, quizás, un punto de envidia. Eso le provocaba mayor placer aún.

Se arregló cuidadosamente, prestando especial atención al apurado de su barba, y después eligió con el mismo detalle la ropa que se pondría. Se decidió por un estilo “casual” –todo prendas de marca- que tan bien le sentaba dada su estatura. Un atuendo ideal, ya que pensaba ir a la reunión en la moto.

Antes de salir del dormitorio, no olvidó coger un par de preservativos de los que guardaba en su mesilla de noche. Después de la reunión pensaba tener sexo con ella. No había nada que le satisficiera más que, después de una exitosa y brillante reunión de trabajo, ver como su rubia amante se entregaba a él, sumisa. Adoraba aquella sensación de poder que le otorgaba hacerle el amor con fuerza, viendo en sus ojos esa mezcla de admiración, deseo y obediencia. Y además, reconoció, le encantaba aquel cuerpo que, en pocas horas, volvería a hacer suyo.

Se detuvo una última vez para contemplarse en el espejo junto a la puerta del piso y, haciendo un guiño a su propia imagen reflejada, se dio el visto bueno definitivo.

Se dirigió hasta el garaje, subió a la moto y apretó el botón de encendido. Le encantaba el sonido de aquel motor. Potente, con clase. Digno de él. Se puso el casco –con cuidado de no aplastarse en exceso el peinado- y salió a la calle.

Hacía más frio de lo que esperaba, aunque lucía un sol radiante de mediados de marzo. No importaba, pensó. Aquella noche ya entraría en calor con ella. Al pensarlo, se recordó a si mismo pasar por el sex-shop y comprar aquellas bolas chinas que vio la última vez. Hoy le apetecía experimentar con ella.

La apartó de sus pensamientos y se concentró en la reunión que le esperaba. Había preparado una impactante presentación en PowerPoint que no hacía más que realzar los magníficos resultados que había obtenido. Sabía que aquello silenciaría muchas voces, críticas con su estilo de dirección, y dejaría sin argumentos en contra a sus rivales. La mayor parte de ellos eran remilgados y cursis ejecutivos, llenos de valores obsoletos y cargados de reparos ante su manera de hacer las cosas. Unos valores casi tan anticuados como los de su padre. Una mentalidad absurda y pasada de moda. Los despreciaba.

Al parar en uno de los semáforos, se fijó en uno de los carteles publicitarios que jalonaban las calles anunciando -con empalagosa y comercial ternura- el “día del padre”.

Era diecinueve de marzo, recordó con una maldición ante la perspectiva de tener que interrumpir sus actividades y llamar a su “viejo”. Algo siempre desagradable por la estúpida y anticuada manera de ser de su padre, inflexible y puntilloso respecto a la “moralidad” y “honorabilidad”, y muy crítico con sus maneras de hacer profesional y personalmente. Al diablo con él y con su mentalidad de perdedor. Entre las copas con los compañeros y antes de paladearla a ella, ese sería un buen momento para solventar el obligado compromiso, decidió, reorganizando su tiempo mentalmente. Cinco minutos para quedar bien no son tanto, concluyó.

Arrancó de nuevo, dejando atrás esos molestos pensamientos.

Aceleró la moto, metiendo un poco más el puño. Quería llegar pronto. Antes de la reunión tenía que anunciar el despido a dos personas de su equipo. Pobres imbéciles que habían mostrado algún malestar por su manera de hacer las cosas. Era sorprendente que todavía quedasen personas que antepusieran sus valores caducos por encima de los objetivos empresariales. Eran gente acabada, como su padre, y como tantos otros a los que deseaba demostrar quién era él. Eliminarlos era puro trámite, pero algo molesto en un día como aquel, con una agenda tan apretada como la que tenía.

Con enojo vio como el siguiente semáforo se ponía en ámbar. Decidido a no demorarse más, aceleró.

El éxito le esperaba, sus deseos se verían colmados. La vida le ofrecía sus tesoros. Nada ni nadie podría hacerle sombra o interponerse en su camino, y menos aún aquella lucecita anaranjada.

Todavía sonreía al pensar en ello cuando, al saltarse el disco ya en rojo, el camión se abalanzó inexorable sobre él.

Finalmente se levantó. Llevaba más de dos horas despierto, pensando, escuchando la respiración pausada de ella – a su lado – pero incapaz de moverse de la cama.

Se acercó en silencio hasta el salón y encendió un cigarrillo, mientras observaba el día a través del ventanal. Un sol radiante y un cielo azul, sin una sola nube. Un precioso sábado de invierno, aunque su estado de ánimo – gris y opresivo como un cielo de tormenta- era la antítesis de aquella mañana.

Mientras las volutas del humo del tabaco dibujaban extraños arabescos, él pensaba en la noche pasada. Una noche más en la que ella se alejaba de él, en la que evitaba hasta el más mínimo roce, como si fuese un apestado. Respiró profundamente, y se dirigió a la cocina a prepararse un café.

En el momento en que el líquido empezó a borbotear, ella apareció en la puerta, todavía con el sueño reflejado en su cara.

-. Buenos días cielo, llegas a tiempo. ¿Un café y un zumo?

-. Si, gracias.

Un rápido beso, apenas rozando sus labios con los de él.

Ella se sentó sobre la encimera de la cocina, como hacía siempre, mientras él exprimía las naranjas, sin dejar de mirarla de reojo.

-. Toma cielo, aquí tienes

-. Gracias…

Una ligera y breve sonrisa en señal de agradecimiento, sin mirarle a la cara. Huidiza.

Un silencio denso e incómodo, que ella finalmente se atrevió a romper.

-. Tenemos comida en casa de mamá, y yo debería pasar por la peluquería a arreglarme las mechas. ¿Tú qué vas a hacer?

-. Colocaré un par de cosas aquí, y luego si te parece iré a comprar unas botellas de vino para la comida.

-. Bien, voy a ducharme entonces.

Ella dio un saltito y se dirigió a la puerta de la cocina mientras él la miraba salir. Su melena rubia, su cuerpo delgado, y ese movimiento de cadera que tanto le gustaba.

-. Cuerpito – dijo cariñosamente, aunque con un punto de melancolía en la voz.

Ella, por costumbre,  se contoneó un poco, aunque sin detener su caminar o volverse siquiera.

Al quedarse solo, encendió otro cigarrillo, ensimismado en la maraña de sus confusas sensaciones.

-. Me voy, cuando acabe en la peluquería te llamo.

-. Bien…

-. Hasta luego

Escuchó el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse.

Maquinalmente se afeitó, se duchó y se vistió para la comida en casa de su suegra. Por ese motivo,  no olvidó el detalle de ponerse uno de los jerseys que la mujer le había regalado en Navidad.

Decidió no coger el coche e ir a comprar el vino dando un paseo. Sentía una angustia que le resultaba asfixiante.

-. Hace un buen día –pensó- y el aire frío me vendrá bien.

Fue caminando hasta la enoteca mientras pensaba, observando distraídamente a la gente. Matrimonios con niños, parejas de ancianos, jóvenes abrazados o paseando de la mano. Todos aparentemente felices y disfrutando de aquella hermosa mañana de fin de semana.

Aquellas escenas le hicieron sumirse de nuevo – con una nueva dosis de amargura- en sus reflexiones.

Un mes. Había pasado un mes desde que hicieron el amor por última vez. Y en el que los silencios se imponían a las palabras. Y las dudas a la confianza.

Decidiendo que sería un vino del gusto de todos, eligió tres botellas de un Ribera de Duero que le recomendaron especialmente. La vibración del teléfono móvil le arrancó de su abstracción.

-. “Tratamiento para el pelo. Me retrasaré.” – decía el escueto mensaje.

Con la compra ya terminada, decidió caminar hasta la peluquería y recogerla allí. Pese a su distanciamiento, todavía sentía la imperiosa necesidad de su cercanía, de compartir momentos con ella. De sentirla.

Compró el periódico y se sentó en un banco frente a la puerta, esperándola.

Un mes. Treinta días y treinta interminables noches sin acariciar y besar su cuerpo. Sin abrazar su alma.

Al cabo de un rato, la música de su teléfono móvil le alejó de aquellos pensamientos y recuerdos. Era ella.

-. Ya terminé en la peluquería, ¿te falta mucho?

-. ¿Dónde estás? Preguntó él, desconcertado.

-. Acabo de llegar a casa, ¿y tú?

Silencio.

-. Salgo ahora de comprar el vino… ya voy para allá.

Colgó la llamada, mirando con rostro serio la puerta de la peluquería, apenas a tres metros de distancia.  Llevaba sentado allí casi una hora. La acidez del zumo del desayuno le subió hasta la garganta.

-. Ya estoy aquí

-. ¿Qué tal el vino?

-. Bien… un Ribera que me han recomendado… te han dejado muy aguapa. – dijo, sin dejar de observarla.

Silencio.

-. Gracias… ¿nos vamos? – respondió con cierto  tono de azoramiento, evitando volverse hacia él.

-. Si…

Bajaron hasta el garaje, abrió la puerta para que subiese al coche y cerró tras ella. Respiró profundamente,  y dando la vuelta al vehículo, entro, se sentó y encendió el motor.

Con rapidez, ella hizo que la música del CD sonase como para llenar el silencio que se erigía entre ambos. Como para evitar las palabras.

Besos, abrazos, carantoñas a los niños, conversaciones intrascendentes, una cerveza… la mirada huidiza de su cuñada,  la mirada preocupada de su suegra. Y una extraña sensación de irrealidad, como si su espíritu observase la escena fuera de su cuerpo.

Él sin dejar de observarla de reojo, ella esquiva. Hablando y riendo sin parar, como intentando mantener alejada una incómoda y dolorosa realidad que era cada vez más evidente.

Más besos, más abrazos, carantoñas a los niños, y las promesas habituales de repetir aquello más a menudo. Sólo la novedad del particular abrazo de su suegra.

-. Cuidaros mucho, por favor. – dijo la mujer al despedirse, con tono de preocupación y una mirada que no dejaba lugar a dudas. Le apretó con fuerza contra ella en un abrazo que transmitía su desazón.

De regreso a casa, en el horizonte, el sol se ponía. El reflejo hizo que el entornase ligeramente los párpados. Ella se puso las gafas oscuras.

La observo unos instantes hasta que, con un lento movimiento, apagó la música que de nuevo había comenzado a  sonar nada más subir al coche.

-. Cielo…

-. ¿Sí?

-. ¿Qué te da él que no te de yo?

Aunque tenía el día libre, se despertó temprano sin necesitar siquiera que sonase el despertador. Saltó de la cama y se asomó a la ventana del dormitorio. Era una preciosa mañana del mes de enero, con un sol radiante que brillaba en el azul intenso del cielo, limpio de toda nube. Se alegró aún más. Un viernes magnifico con un tiempo magnífico para celebrar su cumpleaños.

Debía darse prisa para organizarlo todo como quería, así que apuró unos segundos más la belleza de aquella despejada mañana invernal y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha y terminar de despejarse.

Diez minutos después se vistió con unos pantalones vaqueros desgastados y un jersey de lana azul de cuello vuelto y se puso unos botines cómodos para salir a la calle y poder caminar toda la mañana.

Una vez vestido, se dirigió a la cafetera para preparar su solo doble habitual. Soplando hacia el denso y oscuro líquido, sujetó la taza caliente con las dos manos mientras repasaba mentalmente todo lo que necesitaba comprar para preparar la velada, memorizando los básicos.

Mientras lo hacía, una sonrisa se reflejó en su rostro. Estaba contento e ilusionado. Era su cumpleaños y la esperaba a ella. Cumplía cuarenta y tres años, si,  pero se sentía –feliz y enamorado- como si cumpliese veinte. Esta vez quería ser él quien preparase la sorpresa, y por eso nada debía quedar al azar.

Después de toda aquella mala racha con demasiado trabajo y demasiado estrés, deseaba demostrar lo mucho que la amaba. Y  ese deseo le alegraba enormemente.

Terminó el café, se enfundó el chaquetón azul de marinero, y recogió de la repisa de la cómoda las gafas de sol y los guantes del primer cajón. Consultó la hora en su teléfono móvil: las nueve y media.

Salió del apartamento, tomo el ascensor y ya en la calle sintió en el rostro el golpe de aire frio, primero, y después los rayos del sol invernal. De nuevo sonrió.

Contento, se dirigió andando hacia el coqueto y bien surtido mercado -recién inaugurado y con una amplia variedad de tiendas de productos frescos, delicatesen, vinos y detalles para el hogar-  en el que había pensado realizar las compras.

Había planeado cocinar alguno de los platos favoritos de ella, así que decidió dar una vuelta por los pasillos e ir viendo los diferentes locales. El lugar era realmente agradable y vistoso y no pudo evitar imaginar lo mucho que le gustaría estar paseando en ese momento junto a ella, cogidos de la mano, y comentando entre risas todo lo que veían.

Con ese buen humor, una vez recorrido el centro comercial, decidió lo que prepararía de cena: un tartar de atún rojo -con cebollino y huevos de codorniz-  que a ella tanto le entusiasmaba. Pensó que una docena de ostras sería el entrante perfecto. Mientras le preparaban el pedido, vio también unos percebes gallegos grandes y frescos, y no pudo evitar recordarla de nuevo y comprarlos también. Sabía que le encantaban.

En una de las enotecas eligió las bebidas: unas botellas de Veuve Clicquot y otra de Alter Enos, y para endulzarse tras la cena compró también un Casta Diva.

Durante un rato se detuvo dubitativo ante el escaparate de una de las tiendas de decoración. Buscaba algo para vestir la mesa aquella noche. Finalmente se decidió por un conjunto de velas de Sybila en distintos tonos anaranjados, y una pequeña colección de piedrecitas bellamente pulimentadas.

Sonrió. Aquella noche recrearía para ella ese lugar de la costa en el que tanto les gustaba pasar largos ratos abrazados, contemplando el horizonte.

– “Qué lugar mejor para el marisco que unas rocas”.- pensó, sin poder evitar una pequeña carcajada, al tiempo que miraba a su alrededor.

La gente le observaba reír de manera inquisitiva, y se sonrojó un poco, pero no le importó, estaba contento.

Escuchó sonar el teléfono y rápidamente lo sacó del bolsillo del vaquero, expectante. Eran las once de la mañana, pero no era ella. Respondió a la llamada y agradeció cortés y alegremente las felicitaciones.

Cuando ya se marchaba, recordó un último detalle, algo dulce de postre  -una chuche, lo llamaba ella- así que entro en una de las tiendas de delicatessen con una idea clara de que compraría: marrón glacé. Sonrió de nuevo pensando en lo mucho que le gustaría.

Satisfecho, se dirigió de nuevo a casa para empezar a organizarlo todo.

Por el camino se produjeron nuevas llamadas de felicitación, a las que respondía con un gesto feliz  que iluminaba su rostro.

Al llega al piso dejó las compras recogidas y preparadas, y salió de nuevo a tomar el aperitivo con unos amigos que le esperaban. Más felicitaciones y risas, aunque siempre pendiente del teléfono –no podía evitar mirarlo cada cinco minutos- por si llamaba ella.

Después de picar algo regresó a casa. Durante un rato de descanso se dedicó a hacer una selección de música italiana – a ella le encantaba- para escuchar esa noche. Y el móvil siempre a la vista.

La tardé pasó rápido entre preparar la mesa – elegir la mantelería, platos, cubiertos, copas- y adornarla con las velas y las piedras. Volvió a sonreír de nuevo pensando en su pedazito de costa favorito. Terminó de preparar los ingredientes de la cena y, satisfecho, se preparó un café y se sentó a descansar un poco y relajarse antes de arreglarse. Había seguido recibiendo llamadas, aunque todavía sin saber de ella. Imaginó que tendría uno de esos días repletos de reuniones interminables y estaría muy ocupada, además, había regresado el día anterior de viaje de trabajo y supuso que eso la tendría aún más atada. En cualquier caso, él la había citado en su casa a las ocho, aunque sin desvelarle nada de la cena, y mucho menos de la sorpresa que había preparado.

Convencido de cómo había quedado todo, se afeitó y se duchó tranquilamente –con el teléfono siempre a mano- y se vistió para estar ya listo. Eligió el traje negro de Armani, una camisa blanca de Hugo Boss –con los gemelos negros de nudos que ella le había regalado- y unos Lotusse negros de cordones. Antes de volver al salón, se dirigió a la mesilla de noche, abrió el cajón y recogió un pequeño estuche.

Se acomodó en el sofá, dejó el teléfono sobre la mesita baja delante de él y miró su reloj. Las siete y cinco.

Con cuidado, abrió la cajita que había tomado de la mesilla del dormitorio. Era un anillo de oro blanco que formaba un lazo en su parte superior, y cuyos extremos estaban rematados por dos diamantes. Le había gustado desde que lo vió por primera vez en el escaparate de la joyería y siempre había pensado que era una bonita manera de expresar amor. Dos partes entrelazadas formando un solo cuerpo. Con ese anillo pensaba pedirle esa noche que se casara con él. Esa era su sorpresa.

Debido a cambios internos y a ciertas convulsiones que ella había tenido que sufrir en su trabajo, los continuos viajes y las muchas horas que debía dedicar a sus nuevas responsabilidades –unido todo ello con su propia situación, en la que su nuevo cargo también le había supuesto un enorme desgaste físico y mental- su relación se había visto afectada por la falta de cercanía. Pero pese a los altibajos –en realidad él se sentía más enamorado todavía precisamente al no poder estar juntos todos los días, por ser consciente de la felicidad y la ilusión que ella le producía nada más escucharla, verla o sentirla- deseaba hacerla feliz con todas sus fuerzas. Verla reír, mirar embobado su carita de sueño al despertar por las mañanas, acariciar sus piernas con un masaje relajante, preparar cenas tranquilas en casa disfrutando de la compañía y la conversación, planificar escapadas sorpresas de fin de semana para evadirse del día a día y perderse juntos para amarse…

Las ocho.

Recibió un par de nuevas llamadas de felicitación y –con una cierta sensación de inquietud- decidió encender ya las velas y sacar el champán en una cubitera llena de hielo.

-. “No puede tardar mucho más en llegar”.- pensó, intentando evitar la desazón que comenzaba a apoderarse de él.

Repasó mentalmente los últimos días. Es posible que llevasen un tiempo algo más herméticos el uno con el otro, que les faltase la comunicación y la complicidad de antes, pero era algo que sin duda debía estar provocado por su ajetreada vida profesional. No podía tratarse de nada más.

Llevaban más de un mes sin hacer el amor, sin esos abrazos con los que casi se cortaban el aliento de tanto estrecharse, uno en brazos del otro. Pero pensaba que eso se debía más al cansancio que a otra cosa. Él la amaba más que nunca. Aquello era algo puntual.

Las diez.

¿Y si el repentino mutismo de ella se debiese a algo más que  el estrés? Tal vez no había sabido reconfortarla lo suficiente en los últimos tiempos, que se sintiese querida, comprendida, escuchada, apoyada… a lo mejor ella se había sentido sola, empujando el carro de una relación por un camino que, de improviso, se había plagado de baches y piedras.

Seriamente preocupado, llamó por teléfono. Saltaba su buzón de voz.

Las once.

Reconoció que él había estado tan absorto con sus propios problemas que no prestó la debida atención a los de ella. Ahora recordó que había evitado hablar de temas serios con la excusa de que ambos necesitaban relajarse y olvidar preocupaciones. Recordó las miradas tristes de ella. Recordó cómo salía a la terraza a fumar y escuchar música, con el deseo de estar sola durante un rato.

Recuerdos, recuerdos, recuerdos…

De manera inconsciente, en su mano, apretaba la cajita con fuerza. Un rictus de preocupación surcaba su rostro, y sentía una aguda punzada en la boca del estómago. Ya no sonreía.

Notó vibrar su móvil sobre la mesita, y como un resorte lo recogió. Las doce menos cinco. Era un mensaje. De ella.

-. “Felicidades”.

Se quedó observando fijamente la pantalla del teléfono hasta que se oscureció, y lenta, muy lentamente, lo volvió a dejar en su sitio.

Por unos instantes se quedó inmóvil,  mirando al vacío, como una estatua desprovista de vida. Al cabo de un tiempo, que pudieron ser apenas unos segundos o toda una eternidad, se dirigió a la mesa de comedor, todavía servida y engalanada, y apagó las velas -ya medio consumidas y perdida su grácil forma- con las yemas de los dedos.

Caminando despacio, se acercó a la ventana.

A través de los cristales contempló la oscura noche, iluminada tenuemente por las farolas de la calle. Los pequeños árboles, desnudos de hojas, se agitaban –indefensos y desamparados-  en manos del viento que se había levantado. Se sintió cansado, como envejecido de golpe, ya sin la levedad, la ilusión y la alegría que parecían haber hecho volar su espíritu durante todo el día. Pero permaneció de pie, con la mirada perdida entre las sombras. Así se mantuvo, como petrificado, hasta que un ligero temblor le sacudió el cuerpo.

Sintió frio, aunque continuó inmóvil, los ojos fijos en la nada, viendo sin ver.

El escalofrío hizo que su mano izquierda -en la que llevaba durante toda la noche el pequeño estuche- se abriese, dejándolo caer.

La cajita impactó en suelo –él ni siquiera lo oyó-  y el anillo salió despedido, rodando bajo los muebles.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.