UN CUENTO DE SEPTIEMBRE

Publicado: 2 de octubre de 2015 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Este pequeño relato de hoy está especialmente dedicado a una persona única y que siempre ha estado a mi lado, en lo bueno y en lo menos bueno, y que ya se merecía volver a soñar y sonreír con ilusión renovada. Tú que te has atrevido a dar el salto, disfrútalo como nunca. Recuerda esta frase de “Love Actually”: “¡Vale, hagámoslo! ¡Y que el amor nos cosa a leches!”

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Sucedió una de esas tardes madrileñas del mes de septiembre en las que, tras el insufrible calor y los empujones en busca del último espacio a la sombra de julio y agosto, uno se congracia de nuevo con las terrazas de los bares.

Era la primera vez que nos veíamos después del periplo vacacional -cada uno en una punta del país, ocupados en nuestros propios asuntos- y el lugar, la sensación de reencuentro, de cosas que contar, hacía aún más agradable el momento. Agradable a pesar del silencio que en ese minuto nos acompañaba, pues no era un mutismo incómodo, más bien parecía un paréntesis para mirar hacia adentro, rebuscar en las sensaciones y recuerdos, y volver a hablar.

Aproveché el instante para observarle con mayor detenimiento y curiosidad. Era él, y a la vez no lo era. Sus ojos parecían estar mirando al infinito, contemplando paisajes que sólo él podía ver, mundos que sólo él conocía. De nuevo pude apreciar aquel brillo especial que hacía años se apagó y que, temí, no volvería a ver presente en ellos.

– Has cambiado. –le dije, rompiendo aquella pausa.

Él pareció sorprenderse al escuchar mis palabras. Con un gesto de incredulidad todavía en su rostro, me preguntó.

– ¿A qué te refieres?

– A que ya no veo esas cejas fruncidas en gesto serio, a que tu boca ya no dibuja una mueca de disgusto, a que hay luz en tus ojos … A que vuelves a estar vivo.

Pareció dudar por un instante, como sopesando la respuesta que debía darme.

– Quizá es que quiero retomar el aprender a vivir…

– Con esta sociedad egoísta e inhumana que nos rodea y en la que nos ahogamos solos, ¿no es lo que queremos todos?

Me miró fijamente antes de continuar.

– No me acostumbro a este mundo de cosas caras, personas baratas, valores en rebajas, sentimientos en liquidación y ofertas de amor de última hora. Me apetece volver ¿sabes?

– ¿Volver dónde?

– No es donde, es a qué… me apetece volver a mirar unos ojos que brillan. A tomar una mano entre las mías. A recorrer, sin prisas, jugando, un cuerpo con mi dedo, descubriendo cada centímetro de piel. A conducir sin hora de llegada, mientras grito esa vieja canción. Llorar de risa y reírme de todo lo llorado. Enamorarme de un atardecer y enamorarme en un atardecer. Empaparme bajo la lluvia de una tormenta de verano, mientras miro al cielo, sintiendo las gotas de agua en el rostro. Abrazar dando saltos y bailar en un concierto hasta acabar con agujetas. Me apetece bañarme en la playa, desnudo, un sábado por la noche, con la luna iluminando el momento. Fumarme un cigarro a medias mientras miramos el humo ascender en arabescos. Morder con suavidad unos labios, porque me ha hecho gracia la sonrisa que dibujaban, sólo por eso. Saltar de la cama ilusionado, sin importar cómo de grande sea el madrugón. A pasar más tiempo riéndome que buscando un motivo para hacerlo. A comprar ropa nueva, mirarme al espejo con ella y estar contento con lo que veo. Viajar a lugares pequeños, lejos de los hoteles “todo incluido”, conocer gente y encontrar amigos para toda la vida. A dejarme crecer la barba, raparme la cabeza o, por el contrario, hacerme una coleta, ¡yo que sé!

Y es que, de repente, lo vi claro, y todo se volvió tan simple que asustaba. El secreto estaba ahí, ante mí durante todo este tiempo, pero invisible tal vez por nuestra obcecada obsesión por buscar sin saber mirar. Resulta irónico tanto esfuerzo y tiempo desperdiciado cuando una simple frase, un simple gesto, conectan un interruptor en nuestro cerebro que, en ese instante, hace desaparecer las necesidades ficticias; hace que, de improviso, se reduzca el equipaje que arrastramos y nos lastra. Entonces, las opiniones de los demás, son realmente de los demás, incluso si son sobre nosotros; no importa. Abandonamos certezas porque ya no estamos seguros de nada, y es que, en realidad, no nos hace falta. Vivimos de acuerdo a lo que sentimos. Dejamos de juzgar, porque ya no hay bien o mal, sino más bien la vida que eligió cada uno. Finalmente entendemos que todo lo que importa es tener paz y tranquilidad, es vivir sin miedo, es hacer lo que alegra el corazón en ese momento. Y nada más. Cuando descubrimos todo eso es cuando llega la satisfacción plena. La verdadera felicidad.

– Me voy a comer el mundo, y cuando acabe volveré a empezar.- Me dijo. – ¿Te apuntas?.

Todavía no sé si fue por un vano intento de aferrarme al pasado, una excusa provocada por el vértigo ante la realidad que acababa de descubrir o un grito de esperanza pero, pese a verlo todo claro, acompañada de un gesto entre resignación y disculpa con los hombros y una triste sonrisa, le respondí con una frase escueta:

– Amigo, ayer hablé de nuevo con ella…

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