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UN CUENTO DE OCTUBRE

Publicado: 14 de octubre de 2015 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Manos viejo flor1Quizás fue porque era Otoño, o tal vez porque simplemente era un catorce de octubre y me acordaba de ella, pero era uno de esos días en que la paleta de colores del alma se reduce a una melancólica escala de grises que acaba por pesarnos en el corazón; y hubiera sido un día para olvidar, de esos que se repiten con tediosa monotonía y que no dejan en nosotros nada digno de reseñar, si no llega a suceder lo que aconteció después.

Podría haber seguido en casa, escuchando canciones que me transportaban a otros lugares y otros tiempos más felices y me recordaban con cada estrofa lo lejos que ahora ella estaba de mí; contemplando desde la ventana las nubes cargadas de lluvia surcar el cielo en un desfile interminable, o decidir finalmente que prefería salir a la calle y sentir el aire fresco en mi rostro y, con algo de suerte, encontrar el garito apropiado para ahogar su memoria flirteando con una buena copa de alcohol. Desconozco el motivo definitivo que me impulsó, tal vez fue el último punteo de guitarra que acababa de escuchar o fue cosa del azar, siempre jugando con nosotros, pero con una procaz imprecación decidí ponerme la cazadora, escapar de la claustrofobia de mis cuatro paredes, físicas y mentales, y lanzarme al exterior.

Caminé sin rumbo fijo, simplemente dejándome llevar por el destino o por el movimiento de la gente, con los cinco sentidos al ralentí mientras mi cabeza seguía funcionando a cien por hora, aunque el dónde, en realidad, me daba igual, la única meta que pretendía alcanzar era la de no asfixiarme con mis propios recuerdos.

Si, serían caprichos del azar, no lo sé, pero mis pasos me llevaron precisamente hasta allí, donde mi adicción a la nicotina me chasqueó los dedos para indicar que me detuviera y encendiese un nuevo cigarrillo. Fue entonces, mientras mis pulmones exhalaban despacio el humo, cuando volví a la realidad y mis ojos repararon en su figura.

Sin duda llamaba la atención, quizás por tratarse de la puerta de un cine de esos con varias salas y un público joven o no demasiado maduro, y él destacaba allí, sentado en aquel banco justo en frente de la entrada, más visible en su soledad por el contraste con el bullicio que le rodeaba.

Era ya anciano, aunque con esa edad indeterminada que bien pueden ser setenta como ochenta, impecablemente vestido con una gabardina beige, traje negro de raya diplomática, camisa de un blanco reluciente, corbata rojo burdeos y zapatos ingleses de color negro, pulcramente abrillantados. Pero no era su atuendo el que captó mi interés, creo que fue su mirada perdida, como fija en otra realidad distinta y ajena a aquel instante, la sonrisa serena que dibujaban sus labios y, como un reclamo de color, el ramo con las seis rosas rojas que mantenía sujeto con delicadeza entre sus manos.

Sí, pude haber terminado de fumar, tirar el cigarrillo y haberme alejado de aquel lugar y aquella escena para seguir deambulando hasta topar en mi camino con la puerta de cualquier bar, mi objetivo primigenio, pero lo surrealista de aquella imagen me hizo dejar a un lado mi indolencia y despertó mi interés. Seguí observando al hombre durante unos minutos, intentando descifrar el por qué de su presencia allí, indiferente a cuanto le rodeaba, con el mismo gesto iluminando su rostro.

Finalmente, no resistí el extraño impulso que se había apoderado de mí, y me acerqué a él hasta sentarme en su mismo banco, como si la cercanía pudiera proporcionar alguna respuesta lógica a mi curiosidad.

El anciano respondió a mi saludo con una leve inclinación de cabeza, sin que la sonrisa le abandonara un instante, aunque era evidente por un ligero cambio en la mirada que mi presencia le había hecho volver a la realidad.

– “Espero no molestar”. – le dije a modo de disculpa. – “tal vez está esperando a alguien…”.

– “En realidad tengo una cita, sí, pero no se preocupe joven, el banco es amplio”.- contestó, sin apartar la vista de la puerta del cine.

En aquel momento me sentí bastante estúpido, convencido de estar interrumpiendo a aquel hombre y sin saber muy bien si debía continuar con la conversación. Improvisar se me estaba dando fatal.

Impulsado por un extraño afán, tragué saliva y proseguí – “imaginé que habría quedado con alguien al ver eso”. – dije, señalando el ramo con un movimiento de mi cabeza.

– “Sí, es un pequeño obsequio, a ella siempre le han encantado las rosas y yo siempre se las he regalado”.

Me pareció curioso en una persona de su edad. Siempre tenemos la manía o el extraño prejuicio, signo de esa prepotencia de los menores de 40 hoy en día, de pensar que a partir de ciertos años ya no hay posibilidad de enamorarse, que eso es algo que sólo ocurre durante la juventud, y olvidamos que los sentimientos no saben de edades. Era algo sorprendente, pero entrañable a la vez, verle allí sentado, arreglado y con las rosas que a aquella mujer sin nombre le gustaban.

– “Un detalle que ella le agradecerá, sin duda”. – Una sensación de empatía me había rodeado de pronto.

El anciano sonrió a mis palabras, y aquello, en cierto modo, me animó a seguir preguntando.

– “¿No se trata de un lugar poco usual para una cita?, ¿tal vez van a ver alguna película?”.- Dada la temática de los films que se proyectaban, dudaba de que aquella fuera la causa, pero aun así le interrogué.

– “¿Lo dice por mi edad? oh, bueno, es una tradición que mantengo… “. – Ahora su rostro se había girado hacia mí mientras se explicaba, aunque sin dejar de sonreírme, con un cierto aire de maestro que repite pacientemente la lección al alumno menos brillante.- “Hace ya años, en este lugar, tuvimos nuestra primera cita, la tarde de un lejano catorce de octubre, como hoy”.

La fecha resonó en mi interior con el eco de un trueno. El mismo día.

-“Y después de tanto tiempo… ¿siguen repitiendo aquel primer encuentro?”. – No es que me quedara confundido, pero sí impresionado, y la pregunta escapó de mis labios sin apenas pensarla.

– “Es mi manera de tenerla presente”.

– “Pero… ¿no está?”. – Al instante me arrepentí de decir aquello.

– “Hace muchos años que la perdí, pero no hay un solo día que no piense en ella, que la sienta a mi lado, que le hable… ella ha sido mi amor, mi mundo, mi vida entera… cómo olvidar entonces nuestra primera cita y cómo no traerle sus rosas, si sigue siendo el centro de mi universo”.

Guardé silencio. Yo también, como el anciano antes, caí en una especie de ensoñación que me llevó a mi propio catorce de octubre, al recuerdo del movimiento de su melena al caminar, de su sonrisa al saludarnos, de la conversación algo nerviosa que, poco a poco, se tornó fluida y familiar, del deambular de cafetería en cafetería para alargar hasta el límite aquella charla que me permitía no apartar mi mirada de la suya, de aquel primer beso antes del primer adiós…

Al final, un movimiento del hombre me devolvió a la realidad.

– “Lamento interrumpirle en sus pensamientos, pero es ya un poco tarde, y a mi edad el relente de la noche no es lo más aconsejable…”.- hablaba mientras se incorporaba con cierta dificultad.- ha sido agradable conversar con usted, joven”.- El anciano, ya de pie, me dedico una nueva sonrisa.

– “Soy yo el que le da las gracias por haber compartido su tiempo conmigo…”.

Creí percibir un velo de tristeza en sus ojos, justo antes de girar para alejarse, caminando con lentitud entre el bullicio de la entrada a los cines. En ese instante, acerté a ver el ramo de rosas sobre el asiento, olvidado.

-“!Espere!, ¡las flores!”. – Me levanté como un resorte, gritando para hacerme escuchar.

El hombre se volteó de nuevo hacia mí, intentando lo que resultó un amago de sonrisa. – “Déjelo ahí, son para ella… en este lugar, si volviera, siempre las encontraría”.

Asentí en silencio.

– “Una cosa más, joven…”.- Pareció dudar.

– “¿Si?”.

-“Espero que sabrá disculpar la franqueza de este viejo que ya sólo puede ofrecer consejos…”- Hizo una breve pausa antes de continuar.- “Atrévase a soñar con que usted volverá a entregarle flores a su amor, de nuevo”. – Los ojos del anciano me observaban entonces fijamente.

– “Lo haré…”.- Mi mirada mantuvo la suya y la reconocí. Si, además de afecto, era melancolía.

Con un último gesto de cabeza a modo de saludo, el hombre continuó su caminar, perdiéndose poco a poco entre el gentío, hasta que fui incapaz de distinguir la figura que se alejaba despacio.

No sé el tiempo que permanecí allí, de pie, escrutando con la vista en aquella misma dirección, hasta que finalmente miré de nuevo las rosas, delicadamente apoyadas en el banco, y encendí un cigarrillo más mientras dejaba que las sombras de la noche otoñal me envolvieran, ajeno al resto del mundo.

Pero fue curioso, en ese momento tuve la sensación que, pese a la oscuridad creciente, ya no lo percibía todo gris, y hasta la tristeza parecía haber aflojado el puño de hierro con el que apretaba mi pecho; algo había cambiado en mí, y los colores habían vuelto a iluminar el ocaso de aquel extraño catorce de octubre.

Decían en antiguas culturas que las brumas del otoño juegan con nuestros sentidos y entre los jirones ondulantes de la niebla se aparecen imágenes de pasado, presente y futuro trenzando una danza burlona que pocos saben interpretar. No supe si fue debido a  las palabras del anciano, que casi comenzaba a creer fruto de mis propias fantasías salvo por lo real de las flores que permanecían a mi lado; o quizás yo también era víctima del juego de esta estación, odiada y amada a la vez, y mezclé también en ese momento recuerdos, realidad y deseos; pero, al fin y al cabo, todo ello estaba en mí, y como decía el sabio, ese es el material con el que fabricamos nuestras esperanzas. Olvidé las ganas de beber, dejé a un lado mi tristeza recurrente y decidí no renunciar a ellas, convencido, ahora sí, de que es lo único que jamás podrán arrebatarnos.

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Este pequeño relato de hoy está especialmente dedicado a una persona única y que siempre ha estado a mi lado, en lo bueno y en lo menos bueno, y que ya se merecía volver a soñar y sonreír con ilusión renovada. Tú que te has atrevido a dar el salto, disfrútalo como nunca. Recuerda esta frase de “Love Actually”: “¡Vale, hagámoslo! ¡Y que el amor nos cosa a leches!”

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Sucedió una de esas tardes madrileñas del mes de septiembre en las que, tras el insufrible calor y los empujones en busca del último espacio a la sombra de julio y agosto, uno se congracia de nuevo con las terrazas de los bares.

Era la primera vez que nos veíamos después del periplo vacacional -cada uno en una punta del país, ocupados en nuestros propios asuntos- y el lugar, la sensación de reencuentro, de cosas que contar, hacía aún más agradable el momento. Agradable a pesar del silencio que en ese minuto nos acompañaba, pues no era un mutismo incómodo, más bien parecía un paréntesis para mirar hacia adentro, rebuscar en las sensaciones y recuerdos, y volver a hablar.

Aproveché el instante para observarle con mayor detenimiento y curiosidad. Era él, y a la vez no lo era. Sus ojos parecían estar mirando al infinito, contemplando paisajes que sólo él podía ver, mundos que sólo él conocía. De nuevo pude apreciar aquel brillo especial que hacía años se apagó y que, temí, no volvería a ver presente en ellos.

– Has cambiado. –le dije, rompiendo aquella pausa.

Él pareció sorprenderse al escuchar mis palabras. Con un gesto de incredulidad todavía en su rostro, me preguntó.

– ¿A qué te refieres?

– A que ya no veo esas cejas fruncidas en gesto serio, a que tu boca ya no dibuja una mueca de disgusto, a que hay luz en tus ojos … A que vuelves a estar vivo.

Pareció dudar por un instante, como sopesando la respuesta que debía darme.

– Quizá es que quiero retomar el aprender a vivir…

– Con esta sociedad egoísta e inhumana que nos rodea y en la que nos ahogamos solos, ¿no es lo que queremos todos?

Me miró fijamente antes de continuar.

– No me acostumbro a este mundo de cosas caras, personas baratas, valores en rebajas, sentimientos en liquidación y ofertas de amor de última hora. Me apetece volver ¿sabes?

– ¿Volver dónde?

– No es donde, es a qué… me apetece volver a mirar unos ojos que brillan. A tomar una mano entre las mías. A recorrer, sin prisas, jugando, un cuerpo con mi dedo, descubriendo cada centímetro de piel. A conducir sin hora de llegada, mientras grito esa vieja canción. Llorar de risa y reírme de todo lo llorado. Enamorarme de un atardecer y enamorarme en un atardecer. Empaparme bajo la lluvia de una tormenta de verano, mientras miro al cielo, sintiendo las gotas de agua en el rostro. Abrazar dando saltos y bailar en un concierto hasta acabar con agujetas. Me apetece bañarme en la playa, desnudo, un sábado por la noche, con la luna iluminando el momento. Fumarme un cigarro a medias mientras miramos el humo ascender en arabescos. Morder con suavidad unos labios, porque me ha hecho gracia la sonrisa que dibujaban, sólo por eso. Saltar de la cama ilusionado, sin importar cómo de grande sea el madrugón. A pasar más tiempo riéndome que buscando un motivo para hacerlo. A comprar ropa nueva, mirarme al espejo con ella y estar contento con lo que veo. Viajar a lugares pequeños, lejos de los hoteles “todo incluido”, conocer gente y encontrar amigos para toda la vida. A dejarme crecer la barba, raparme la cabeza o, por el contrario, hacerme una coleta, ¡yo que sé!

Y es que, de repente, lo vi claro, y todo se volvió tan simple que asustaba. El secreto estaba ahí, ante mí durante todo este tiempo, pero invisible tal vez por nuestra obcecada obsesión por buscar sin saber mirar. Resulta irónico tanto esfuerzo y tiempo desperdiciado cuando una simple frase, un simple gesto, conectan un interruptor en nuestro cerebro que, en ese instante, hace desaparecer las necesidades ficticias; hace que, de improviso, se reduzca el equipaje que arrastramos y nos lastra. Entonces, las opiniones de los demás, son realmente de los demás, incluso si son sobre nosotros; no importa. Abandonamos certezas porque ya no estamos seguros de nada, y es que, en realidad, no nos hace falta. Vivimos de acuerdo a lo que sentimos. Dejamos de juzgar, porque ya no hay bien o mal, sino más bien la vida que eligió cada uno. Finalmente entendemos que todo lo que importa es tener paz y tranquilidad, es vivir sin miedo, es hacer lo que alegra el corazón en ese momento. Y nada más. Cuando descubrimos todo eso es cuando llega la satisfacción plena. La verdadera felicidad.

– Me voy a comer el mundo, y cuando acabe volveré a empezar.- Me dijo. – ¿Te apuntas?.

Todavía no sé si fue por un vano intento de aferrarme al pasado, una excusa provocada por el vértigo ante la realidad que acababa de descubrir o un grito de esperanza pero, pese a verlo todo claro, acompañada de un gesto entre resignación y disculpa con los hombros y una triste sonrisa, le respondí con una frase escueta:

– Amigo, ayer hablé de nuevo con ella…