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UN CUENTO DE MAYO

Publicado: 10 de junio de 2013 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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zippo2Bajó del autobús dificultosamente -con la larga cicatriz de la pierna provocando un lacerante escozor- entumecido por las horas de viaje, y un inequívoco aire desorientado, perdido, con la sensación de un naufrago recién llegado a la orilla de la isla desconocida, titubeando sobre qué camino seguir.

Por unos momentos permaneció quieto, los ojos entrecerrados, deslumbrado todavía por la exuberante luz que parece envolver siempre aquella parte de la costa.

El día había amanecido con un cielo límpido, luminoso, que se fundía con los mil tonos de azul -como si de un muestrario de pintura se tratara- que reflejaba el mar. Uno de esos días que, si hubiese estado de mejor ánimo, hasta le habría obligado a dedicar un buen rato para admirar la belleza que le rodeaba. Pero, sin duda, el lado más sensible de su carácter no le acompañaba aquella mañana.

Pasado el primer instante de duda, se puso las gafas de sol y –suspirando cansinamente- observó con más detalle a su alrededor. Tanto derecha como izquierda le eran indiferentes, su única prioridad era elegir la ruta que le llevara, lo más rápidamente posible, a un bar donde poder dar rienda suelta a su frustración, vaciando una copa tras otra. Hurgó con la mano derecha el bolsillo de los raídos vaqueros y extrajo unas monedas y algún billete pequeño. Su último capital. Acertó a contar no menos de veinte euros en calderilla y otro tanto en papel. Lo suficiente para pagarse el olvido durante lo que quedaba de día. Y luego… Se encogió de hombros en un gesto de indiferencia, ya no confiaba en el futuro. Una amarga sonrisa se dibujó en su rostro mal afeitado al recordar los tiempos en los que solía gastar cien veces más dinero en una simple sobremesa.

Eligió el camino de la izquierda, y su elección se vio premiada con un cartel señalando un bar, apenas a cincuenta metros de la parada del autobús.

– “Mi suerte ha vuelto”- se dijo a sí mismo, irónicamente.

Al llegar a la puerta del local, que parecía vacío a aquellas horas, se detuvo para quitarse las gafas antes de zambullirse en la oscuridad del interior. Parpadeó unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra que reinaba en el antro. Tal como le había parecido al entrar, aquel era un garito de mala muerte, con una decoración y un mobiliario cuyos instantes de esplendor debían remontarse a los años ochenta. Finalmente, acertó a adivinar el movimiento de una mujer tras la pesada barra de madera oscurecida que parecía presidir, como un largo altar de rituales paganos, aquel espacio destartalado. Se acercó despacio, mientras ella levantaba la vista al escuchar sus pasos, ofreciendo a la camarera una sonrisa a modo de saludo.

La observó con atención. Rubia teñida, frisando unos cuarenta años que ya dejaban vislumbrar los efectos de la edad y de la vida en el rostro. Y unos ojos verdes, grandes, que atraían la mirada, pese a adivinar en ellos una cierta tristeza, como si hubiesen visto pasar ante sí tiempos mejores.

Ella también le miraba con curiosidad indisimulada mientras, a manera de devolver su saludo, pareció obligada a desabrochar coquetamente otro de los botones de su blusa, dejando entrever un insinuante escote, como agradeciendo su gesto amistoso, lo cual – pensó él, viendo el movimiento- no debía ser una muestra de cortesía muy común hacia los parroquianos del bar.

No lo pudo evitar, pasados esos primeros momentos, sintió pena por ambos. Dos seres que, sin duda, habían tenido su momento y que, ahora, como trastos viejos, la vida había terminado por arrumbarlos en aquel lugar, igual que la marea arroja los restos de un naufragio a la arena de una playa, hasta terminar varados entre despojos en descomposición.

Absorto en esos pensamientos, siguió contemplando unos instantes los hielos que flotaban dentro de la copa de whisky que su accidental compañera de desventuras había depositado delante de él, sobre un pequeño posavasos de cartón. Sin duda, un pequeño detalle de distinción que supo agradecer con una nueva sonrisa que ella devolvió al instante.

Jugueteando con el vaso entre las manos, los pensamientos volvieron de nuevo hacia su situación. Su vida se había deshecho como se deshacían los cubitos en el licor, sin dejar rastro. Ni su ex mujer, ni amiguitas, ni negocios, ni coches, ni barcos, ni dinero. Nada. Sólo un lejano y doloroso recuerdo, y la amarga sensación -que parecía agarrarse a la boca de su estómago- de haber desperdiciado el tiempo y las ocasiones para ser feliz. Lo quiso todo y a toda velocidad, y había ido tan deprisa que había despilfarrado su vida -todo lo que otros luchan por intentar conseguir y construir con paciencia y esmero- en apenas unos años. Hasta no quedarle nada, salvo la certeza de haberse equivocado.

Por eso, ahora estaba allí. Un lugar cualquiera, en un momento cualquiera. Porque era perfecta –dolorosamente- consciente de haber perdido el rumbo y de ni siquiera saber para qué diablos había sobrevivido al accidente de moto, resultado final de su alocada carrera a ninguna parte cuando ya todo se hundía a su alrededor, y que le había mantenido ingresado más de tres meses en el hospital. Odiaba no tener respuestas y, más aún, la sensación de sentirse maniatado y no poder, o no saber, buscarlas en ningún lugar.

Sintiendo emerger de su interior un irrefrenable sentimiento de rabia e impotencia, apuró de un trago su whisky, dejando el vaso sobre la barra con un golpe seco. El choque del cristal con la madera pareció devolverle a la realidad, alejándole de sus tormentosos pensamientos. Acertó a darse cuenta que la camarera le observaba fijamente, con una cierta aprensión que se adivinaba en su mirada.

Él sonrió de nuevo intentando tranquilizarla.

– “Ponme otra copa, ¿quieres?” -. Dijo, agitando el vaso y haciendo tintinear los restos de hielo. Los ojos de ella abandonaron la inquietud, mientras se acercaba con la botella en la mano.

Entre tanto la mujer rellenaba la copa con el licor de color ambarino, rebuscó en los bolsillos de la cazadora hasta encontrar un arrugado paquete de tabaco a medio consumir y su viejo encendedor zippo, adornado con el dibujo de un trébol de cuatro hojas. Miró con atención, por un instante, el símbolo serigrafiado, y pensó con amargura en lo lejos que quedaban ya los buenos tiempos. Se habían marchado para siempre.

Con uno de los cigarrillos entre los dedos, hizo amago de levantarse del taburete para salir, estirando la maltrecha pierna, pero la camarera, dejando de nuevo la copa ya llena delante de él, realizó un gesto para detenerle.

– “No hace falta que vayas fuera, puedes fumar aquí”. – dijo en tono amistoso, con una dulce voz. Era la primera vez que la escuchaba hablar. –“Total, no hay nadie más en el bar”.- añadió, mientras su mano giraba describiendo un explícito círculo.

-“Gracias…” .– titubeó él por un instante- “Lo siento, no sé tu nombre…”.

– “Tania”.- El nombre salió suavemente de sus labios, seguido de un muy femenino, instintivo y natural movimiento de la mano, ahuecando ligeramente el cabello. – “Me llamo Tania”.

– “Pues encantado Tania”. –respondió, levantando el vaso hacia ella, a modo de brindis.

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Tras la ducha y arreglarse discretamente, la mujer salió del pequeño cuarto de baño y comprobó la hora en el estrafalario reloj publicitario que coronaba la puerta de la cocina. Ya casi era momento de marcharse. Encendió un cigarrillo y cerró los ojos, intentando evadirse por un instante de la algarabía que formaban los niños jugando en la casa y de, lo que era mucho más difícil, demasiados sueños rotos.

Atraídos por las historias de éxito que no paraban de escuchar de boca de familiares, amigos y conocidos, su marido y ella habían llegado a España con sus dos hijos hacía ya seis años, cargados de esperanzas e ilusiones por labrar un futuro a ellos y a los niños. Al principio todo marchó bien, ambos consiguieron un buen trabajo; ella, de cajera en un supermercado; él, de fontanero en una empresa de construcción. Ahorraron, hicieron planes, recibieron el nuevo embarazo de ella como un buen augurio. Incluso se decidieron a comprar su propio piso. La suerte les sonreía por primera vez.

Pero su alegría y sus proyectos fueron borrados de un plumazo por la crisis, como los de otras tantas miles y miles de víctimas del capricho de unos poderes que jamás llegarían a entender. Lo único que comprendieron bien es que la vida parece disfrutar aplastando siempre a los mismos. Él fue el primero en acabar sin empleo, ella le siguió a los pocos meses. Y justo hacía un año, el banco, que antes tanto les distinguía –con los halagos y las sonrisas serviles del empleado de turno- como clientes modelo, ahora les echaba a la calle por no pagar la hipoteca del hogar que con tanta ilusión habían intentado construir.

Ahora él deambulaba de un lado al otro de la península, buscándose la vida como jornalero –siempre lejos de casa- junto a otros miles de personas en su misma situación, y ella se mataba durante turnos interminables en un restaurante de playa por el salario mínimo y un pellizco de propinas conseguidas a fuerza de haber aprendido a sonreír sin tener ganas de hacerlo. Al menos así podían pagar el alquiler de un diminuto y vetusto apartamento, esperando que la economía, o un golpe del destino, cambiara de nuevo su suerte.

La queja en forma de gritito agudo del pequeño de sus hijos hizo que abandonase aquellos pensamientos.

– “Niños, paren ya, mamá se tiene que marchar”. – Dijo al acercarse hasta el pequeño dormitorio infantil.

– “Julio José, la cena está en la cocina, encárgate de tus hermanos, y no me los enojes”.

– “Pero mamá” – dijo el mayor de los niños con el ceño fruncido y señalando con el dedo índice a los dos pequeños que observaban escondidos entre almohadones, en el colchón inferior de la litera que presidía la habitación- “Si son ellos”.

– “Paciencia mijito…”.- respondió ella con una sonrisa, mientras acariciaba con cariño el cabello ensortijado de su primogénito.

– “Hagan caso a su hermano”- añadió con simulado enfado al mirar a sus otros dos hijos- “Y recuerden que a las 10 deben acostarse”.

Los adioses y los te quiero la acompañaron hasta que salió por la puerta del domicilio.

Ya en la calle, se giró para mirar una última vez a las ventanas de su casa. Tres caritas sonrientes y tres manitas saludaban alegremente. Con un gesto maternal, mandó un beso hacia ellos y, sin dejar de observarlos, se dirigió a paso rápido hacia su trabajo. Al doblar la esquina quiso encender un nuevo cigarrillo. Buscó dentro de su bolso -que colgaba en bandolera de su hombro- en los bolsillos de sus pantalones, en la camisa. Nada. No encontró el mechero. Hubiese jurado que lo tenía antes de salir. Resignada, guardó el paquete de tabaco, y continuó caminando.

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La mañana había dado paso a la tarde, y ésta transcurrió entre copas de whisky, cigarrillos apurados hasta el filtro -que sembraban el ancho cenicero de cristal macizo- confidencias compartidas a media voz con aquella casual compañera de desventuras, y un polvo inesperado en el almacén del local -rodeados de cajas de refrescos- que surgió con tal naturalidad que ambos no pudieron dejar de sorprenderse, abrazados el uno al otro con desesperación, como náufragos a su salvavidas, con una ternura que les hizo conmoverse de una forma que, hacía tiempo, ninguno había sentido.

Se despidió de Tania con un último beso en los labios, mientras ella, con una sonrisa melancólica, volvía a abrocharse recatadamente los botones de la blusa.

– “Quizá mañana nos volvamos a ver…”. – dijo, llevado más por la esperanza que por la convicción, mientras observaba como la mujer se colocaba el cabello.

Ella clavó fijamente los ojos en los suyos, con una mirada mezcla de ternura y amargura. Sus labios dibujaron un amago de sonrisa mientras, sin decir palabra, sin apartar la vista de él, acercó tímidamente su mano hasta acariciar levemente, con suavidad, su mal afeitado rostro.

– “Cuídate mucho Tania”. – acertó a decir tras dejar de sentir el contacto femenino, presa de una sensación de cariño y una congoja que intentaba controlar. La habría estrechado entre sus brazos y olvidado soltarla.

No pudo seguir mirando aquellos ojos que le observaban con un brillo húmedo, como suplicantes. Haciendo un supremo esfuerzo y dando media vuelta, a duras penas, salió del bar. Con la sensación de dejar atrás, a su espalda, la última oportunidad. Llevaba los puños apretados hasta poner blancos sus nudillos.

Ya en la calle, se detuvo por un instante, erguido, en mitad de la acera, esforzándose por calmar las palpitaciones que hacían que su corazón pareciese un potro cabalgando desbocado dentro de su pecho.

Respiró profundamente, dejando que sus pulmones se llenasen del fresco aire marino que suavizaba el calor de última hora de la tarde. Más sosegado, encendió el último cigarrillo que le quedaba, se acarició la entumecida pierna y, a paso lento, se perdió caminando, sin rumbo fijo, por las callejas que salían del paseo marítimo.

Incluso antes de doblar la esquina, el acre olor a humo llegó hasta sus fosas nasales. Cuando finalmente giró, pudo ver las fluctuantes llamaradas amarillo-rojizas que surgían por las ventanas del edificio, como interpretando una danza malévola, rodeadas de pesadas volutas de humo color gris marengo que ascendían hacia el cielo, ocultando la fachada de la finca con un siniestro manto.

Entre las voces nerviosas de los desconcertados vecinos, el crepitar del fuego y el todavía lejano ulular de las sirenas de los vehículos de emergencia que se aproximaban al lugar, acertó a distinguir un infantil grito de terror y, prestando más atención, los entrecortados lloriqueos de niños.

Mientras se acercaba más al edifico, la figura de un hombre, ennegrecido y sofocado por el humo, surgió tambaleante del portal.

-“Los críos”. –acertó apenas a decir, sacudido por convulsas toses- “Sacad a esos críos”.

Mientras algunos curiosos sostenían al individuo que caía en sus brazos, aquel grito penetró en él hasta llegar a su cerebro, que tardo apenas unas décimas de segundo en asimilar su significado.

Ni siquiera dio tiempo a pensar en nada más, en un acto reflejo se lanzó a la carrera hacia la finca siniestrada que, para entonces, vomitaba humo por la puerta, como queriendo impedir la entrada o salida de ningún ser vivo de aquella trampa de fuego.

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Los primeros vehículos de bomberos abandonaban ya el lugar del incendio y los agentes de la policía comenzaban a permitir el paso a los todavía amedrentados transeúntes.

La gente miraba consternada los restos aún humeantes del edificio y, no sin cierto temor, el cuerpo que permanecía tumbado sobre el asfalto -tapado por unas mantas térmicas- junto a una de las ambulancias y rodeado del juez, la policía y el personal sanitario.

Uno de los agentes recogía con cuidado algunos efectos personales de la víctima, introduciéndolos en una bolsa de plástico.

– “Pobre tipo…”. – Dijo un médico, que se encontraba a su lado.

– “¿Qué pasó exactamente?”.- preguntó el policía.

– “Los testigos dicen que el hombre apareció como por ensalmo y que, sin dar tiempo a que alguien se lo pudiera impedir, se lanzó a correr hacia el portal”.

-“¿Vecino de la finca?”.

– “No, nadie parece conocerle”.

– “Alguien que pasaba por aquí y que se la jugó…”.

– “Gracias a él, dos de los niños están sanos y salvos… una pequeña intoxicación debida a la inhalación de humo, pero nada serio”.

– “¿Y el otro niño, el pequeño?”

– “Está grave, con algunas quemaduras que parecen de segundo grado, y necesita oxígeno, pero creo que sobrevivirá. Al parecer, se había escondido en el cuarto de baño, pero este tipo consiguió bajarlo -protegiendo al crío con su propio cuerpo y unas mantas- casi hasta la puerta de la calle, aunque para entonces todo el maldito edificio era ya un infierno. Ha tenido mucha suerte”.

– “Pero este hombre no la tuvo”. –respondió, señalando con un gesto de cabeza hacia el desconocido cubierto en el suelo.

– “Me temo que no…”.

El policía guardó silencio, mirando el cadáver que yacía ante él. Un reflejo metálico junto al cuerpo, producido por las luces de emergencia de uno de los vehículos, le hizo fijarse con más atención. A medio salir de uno de los bolsillos del pantalón ennegrecido y medio chamuscado, asomaba lo que parecía ser un encendedor de metal. Con cuidado, terminó de extraer lo que efectivamente era un zippo con un trébol de cuatro hojas adornando su superficie.

Sostuvo aquel mechero y lo observó meditabundo, mientras le daba vueltas con los dedos enguantados.

-“La verdad, cuando suceden estas cosas, siempre me pregunto lo mismo…”.

-“¿Qué?”.

– “¿De qué pasta especial están hechos los héroes?”.