UN CUENTO DE ABRIL

Publicado: 29 de junio de 2012 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Llevaba despierto desde cerca de las tres de la mañana, con los ojos como platos, mirando al techo sin ver nada, con el cerebro trabajando sin descanso, acelerado, con la sensación de que la cabeza me iba a estallar de un momento a otro, como un motor pasado de revoluciones.

Las ideas se entremezclaban de manera incoherente, a velocidad vertiginosa, llendo y viniendo como nubes en un huracán.

Ni la música de Bach, que sonaba a través de los cascos del ipod, ni los cigarrillos que, uno a uno, iba fumando y aplastando concienzudamente contra el cenicero rebosante, conseguían que apartase de mí aquella danza de recuerdos e imágenes del pasado que me visitaban una vez más, como en tantas ocasiones anteriores.

Me preguntaba el por qué de todo aquello, de esa situación absurda. Sin encontrar un trabajo digno como abogado, viviendo lejos de Samantha, en aquel apartamentucho de mala muerte de esta ciudad, que cada día me parecía más  fría y deshumanizada, haciéndome sentir a  años luz de distancia de mi amor, de mis amigos y de lo que había sido mi vida antes que aquella maldita crisis diera al traste con proyectos, ilusiones y deseos, y me arrastrara a este abismo en el que ahora habitaba.

Recordando besos, abrazos, sonrisas… el sonido de su voz, la calidez de su piel, la suavidad de su cabello. Las veladas en nuestro piso, cenando comida japonesa sentados en el suelo, las escapadas de fin de semana a algún hotelito encantador y tranquilo donde hacíamos el amor sin prisa, como si el tiempo fuese infinito. Las divertidas discusiones mientras Samantha me enseñaba el boceto en el que ella trabajaba, con los planos de la casa que soñábamos construirnos y donde vivir juntos, formando un hogar con los niños que deseábamos tener, y con alguna mascota para la que también hacíamos hueco en los planos: este muro más a la izquierda, esta ventana más a la derecha, la puerta más ancha, el porche más amplio… disputas entre risas y fingidas caras de indignación que siempre terminaban en apasionados besos, mientras nos quitábamos la ropa uno a otro camino del dormitorio.

Hasta que estalló la burbuja financiera, mi empresa perdió millones en la debacle y yo fui uno de los cientos de ejecutivos que llegamos una mañana a nuestro puesto de trabajo, como cualquier otro día, y a las dos horas salíamos por la puerta del edificio de oficinas con nuestros efectos personales en una caja de cartón -la mueca de sorpresa todavía dibujada en el rostro- mientras decenas de micrófonos y cámaras de los medios de comunicación nos rodeaban para captar algunas declaraciones con las que abrir sus informativos con la noticia de otra nueva suspensión de pagos de una gran compañía.

Después, la búsqueda infructuosa, la desazón, las primeras disputas, los sueños que se convertían en ceniza… el dormir mirando cada uno hacía distinto lado, los silencios, los reproches… y el estruendo final de un último portazo con el que dejé atrás a Samantha y lo que había sido mi vida hasta entonces. Excepto por los recuerdos que me acompañaban y se negaban a dejarme, como sucedía una vez más en aquella interminable noche.

Miré el reloj de nuevo. Las seis y media de la mañana. Cerré los ojos con fuerza y apreté los puños, pugnando por poner fin al bullir de mi cabeza. Respiré hondo y me levanté de golpe, y sin pensar en nada más, me dirigí al cuarto de baño, abrí en grifo del lavabo y –con las manos en forma de cuenco- me lancé el agua fría contra la cara, como para borrar lo sucedido durante la noche y espabilarme lo suficiente.

Todavía chorreando, me puse la ropa de deporte, los pantalones del chándal, una camiseta y las zapatillas.

Salí a la calle cuando apenas las primeras luces del amanecer hacían acto de presencia en el horizonte, y tras un leve espasmo corporal debido al frescor de la madrugada, comencé a desentumecer todos mis músculos emprendiendo un ligero trote. A los pocos minutos ya mantenía un ritmo de carrera sostenido, notando como el vigor me entonaba todo el cuerpo y el aire fresco matutino devolvía mi mente a un estado de concentración, pendiente ahora de pulsaciones y distancia recorrida.

El ejercicio me sentó bien. Al llegar al parque dediqué una rato a hacer flexiones y abdominales, y tras una vuelta al estanque, corriendo a máxima velocidad, regresé de nuevo a casa a un ritmo más ligero.

La ducha alternando agua fría y caliente terminó de recuperarme, y sintiéndome mejor, me preparé el desayuno. Un zumo de arándanos, tostadas con aceite y un café solo bien cargado. Mientras saboreaba la comida, iba haciendo un repaso mental a todo lo que debía hacer durante el día.

Procuré dejar a un lado los pensamientos y las imágenes con las que había pasado la noche, enterrarlas momentáneamente en lo más profundo de mi mente, al menos hasta la próxima vez que escapasen de su encierro para atormentarme de nuevo. Pero ahora necesitaba volver a mis rutinas y concentrarme.

Con una taza de café humeante en la mano me dirigí a la mesita que me servía de estudio y encendí el ordenador. Mi primera labor sería revisar todas las páginas web de empleo en busca de ofertas acordes con mi currículum. Me estiré en la silla, acerqué un cenicero vacío y me puse manos a la obra.

Mientras revisaba los diferentes anuncios y me apuntaba a alguno de ellos, no podía evitar pensar en los cientos de candidatos que en ese momento estarían haciendo lo mismo que yo, en las situaciones desesperadas –con familias a las que mantener, hipotecas que pagar- que se escondían detrás de cada envío, con todas las esperanzas y todos los sueños puestos en un simple “click”.

Cuando terminé, el cenicero se encontraba repleto de colillas aplastadas.

Necesitaba salir de aquella situación, volver a la normalidad de un empleo estable, de unos proyectos de futuro… y quién sabe si también volver a abrazar a Samantha. Seguir soportando las noches de insomnio, la ansiedad, la soledad… todo aquello tenía un límite, y creo que la capacidad de mi mente se encontraba cerca de él.

Dios, Samantha… como echaba el falta su contacto, su calor, su piel, el aroma de su perfume, el sonido de su voz…

Me levanté con rapidez y me dirigí al banco de gimnasia. Frenéticamente me lancé a realizar las diferentes tablas de ejercicios, intentando dejar a un lado recuerdos y emociones.

Al terminar, apoyado todavía sobre el respaldo, intenté vaciar la mente de pensamientos mientras recuperaba el aliento, con la mirada fija en el blanco del techo, sumergiéndome en la nada, abandonándome en ese vacío de color.

Al cabo de unos minutos, con la respiración ya pausada, regrese hasta la mesita del estudio.

Abrí la cartera y extraje la foto.

La contemplé largo rato. Su cabello rubio cayendo sobre los hombros, su mirada vivaz, su rostro de rasgos suaves y armoniosos, su esbelta figura…

Conocía perfectamente sus horarios, sus rutinas diarias, sus costumbres y sus gustos. Cuándo salía de casa para ir a trabajar, cuándo a comer, a qué hora terminaba en la oficina y regresaba a casa. Los días en que visitaba el gimnasio o la peluquería, los locales en los que de vez en cuando tomaba algo con los compañeros después de su jornada laboral… era martes, así que saldría del trabajo a las seis de la tarde y se dirigiría caminado hasta el gimnasio, a cinco manzanas de la oficina.

Una vez allí, su costumbre era estar haciendo ejercicio entre una hora y tres cuartos y dos horas.

Comencé a hacer un rápido repaso mental de la ruta, de los tiempos y de las distancias y calculé que saldría entre las ocho y cinco y las ocho y veinte, para luego dirigirse a la boca de metro más próxima, a unos diez minutos del gimnasio.

Decidí esperarla a la salida de la oficina.

Me duché de nuevo y me vestí con cómoda ropa de sport. Consulté el reloj y preferí esperar un poco antes de salir. Siempre confiando en una llamada de alguna empresa o de algún “head-hunter” que hubiese leído mi currículum y me citase para una entrevista, aunque el teléfono se empeñaba en no sonar. Me preparé una taza de té y, sentado en el sillón del escritorio, contemplé las vistas desde mi ventana mientras encendía un cigarrillo y procuraba mantenerme con la mente en blanco, sin conseguirlo.

Cuánto añoraba a Samantha, y cómo la deseaba.

A las cinco me puse en pie y salí de casa, no sin antes guardar los dos teléfonos móviles en el bolso-bandolera que llevaba colgado del hombro, bajo la cazadora, cruzándome el pecho.

Tomé el metro hasta la estación más cercana a su trabajo, ensimismado en mis pensamientos pero sin dejar de prestar atención a la gente que entraba y salía del vagón. Hombres y mujeres con caras de preocupación, unos, de resignación o desidia, otros, o de alegría, los menos. Personas de todas las edades y de todas las razas con el denominador común de vivir atrapados en aquella gran ciudad, sujetos a deberes, obligaciones y rutinas que, en vez de acercarles a sus sueños, les alejaban cada vez más de aquello que alguna vez fue su ilusión. Silenciosos y perdidos como estaba yo mismo.

Salí a la superficie con sensación de asfixia, deseando sentir de nuevo el aire fresco en mi rostro. Respiré con placer llenando mis pulmones, despacio, y me acerqué caminando despacio hacia su edificio de oficinas.

Me situé en la acera de enfrente y consulté el reloj. Las seis menos cuarto. Encendí un cigarrillo y esperé pacientemente, apoyado en una farola,  hasta que saliera.

No tuve que esperar mucho, puesto que eran poco más de las seis cuando pude distinguir una melena rubia entre la gente que pasaba en tropel por las puertas, terminada su jornada laboral. Si, era ella, inconfundible en su andar cadencioso, en su peculiar manera de mover la cabeza, apartando el cabello de su rostro o en su forma de sujetar el bolso, siempre pegado al pecho, como una quinceañera haría con su carpeta del instituto. El gesto me hizo sonreír.

Una vez pude confirmar que tomaba la dirección del gimnasio,  seguí sus pasos sin cambiar de acera, unos metros por detrás de su altura, sin perderla de vista.

Continué observándola mientras caminábamos. Sus movimientos resultaban armoniosos y femeninos, e imprimían un gracioso vaivén de un lado al otro al cabello que caía por su espalda. De nuevo sonreí ligeramente, pensando que la primera vez que la vi no me había llamado especialmente la atención, pero tenía que reconocer que ahora mi opinión era muy diferente.

Llegamos hasta la puerta de su gimnasio y yo me detuve sin dejar de mirarla, mientras desaparecía en el interior del local.

Decidí entrar en una cafetería situada enfrente, y sentarme en una de las mesas junto a los amplios ventanales, desde donde podía observar tranquilamente.

Miré el reloj y calculé que al menos me quedaba una hora y media de espera. Me acomodé en el asiento mientras tomaba un café, dejando que de nuevo mis sentimientos afloraran.

Qué absurdo resultaba todo. Desde que perdí mi trabajo, y sobre todo desde que perdí a Samantha, mi existencia había dado un vuelco, había perdido mis referentes. El camino que, hasta entonces, pensaba que seguiría en la vida. Prosperar, formalizar una relación, la convivencia, una familia, un hogar… y sin embargo, de todo aquello, ahora solo quedaban recuerdos y sueños rotos. La realidad, cruda y sórdida, había terminado por imponerse. Ahora formaba parte de la inmensa legión de desencantados y descreídos. De todos esos seres, grises y anónimos, que arrastran sus miserias día a día en ciudades como esta, en la que nadie importa a nadie y los individuos nacen, viven y mueren solos, pese a estar rodeados de gente. Y ahí estaba, perdido en un local anodino, sentado con otras personas tan solas como yo, ensimismadas en sus propios problemas, y esperando que ella saliese del gimnasio como único punto de referencia mínimamente estable en medio de aquel devenir absurdo en que se había convertido mi día a día.

Cansado de tales pensamientos y del ambiente mortecino y deprimente de la cafetería, salí a la calle a fumar un cigarrillo, agradecido de sentir el frio de la incipiente noche.

Al poco rato la vi de nuevo, saliendo del gimnasio. Consulté otra vez la hora. Las ocho y cuarto. Tan puntual como siempre.

La observé mientras caminaba con ese paso elegante. Al fijarme pude apreciar el rubor de sus mejillas tras el ejercicio y la ducha, las puntas de su cabello ligeramente mojadas… sin duda detalles que la hacían estar muy atractiva.

Me cercioré que había tomado el camino al metro, así que me adelante a ella con paso rápido hasta dejarla atrás, a mi derecha. Unos cien metros más adelante, crucé la calle hasta su misma acera. Aceleré un poco y me situé tras las escaleras de acceso al portal de una de las viviendas, en una zona en penumbra, junto a un seto de coníferas.

Escuché el ruido de sus tacones sobre el pavimento, acercándose paso a paso, cada vez más próximos. Contuve la respiración mientras calculaba el momento propicio. Debía estar ya a dos metros.

Salí de las sombras justo delante de ella. Al verme aparecer, se detuvo de golpe, con su rostro reflejando la sorpresa, los ojos muy abiertos, intentando decir algo pero sin conseguir pronunciar una sola palabra o emitir un solo sonido.

Ya no tuvo tiempo para más. Saqué mi pistola con rapidez y disparé dos veces contra su pecho. Sin apenas ruido, sólo se escuchó el débil siseo del silenciador y el golpe sordo de su cuerpo al caer sobre la acera.

Me acerqué despacio, arrodillándome, y llevé dos dedos enguantados a su cuello. Sin pulso. Muerta.

Con un brusco tirón, arranqué la cadenita de oro que llevaba puesta, quité de sus dedos el par de sortijas y el reloj de la muñeca, después tomé de su bolso la cartera y el teléfono e introduje todos aquellos objetos dentro de una bolsa de plástico con cierre hermético.

La contemplé una última vez antes de alejarme de allí, mientras un charco de sangre se extendía despacio a su alrededor. Aparentemente, la desgraciada víctima de uno más de los atracos que ocurrían a diario. Otro número para engrosar las frías estadísticas. Emití un largo suspiro, me giré y apreté el paso, perdiéndome de nuevo entre las sombras de la noche.

Unas manzanas más allá reduje la marcha y extraje de mi bandolera el móvil de prepago a nombre de una compañía ficticia de las Islas Caimán. Marqué el único número que guardaba en su memoria, y que correspondía a otro teléfono igualmente sin contrato. Escuché una voz al otro lado del auricular.

– “¿Sí?”- contestaron con un cierto tono de tensión.

– “¿Señor Smith?”- pregunté.

– “Sí, soy yo” – respondió el hombre.

– “El encargo está cumplido” – dije, escueto.

– “Gracias señor Brown, recibirá sus honorarios según lo convenido”.

– “Perfecto, si necesita de mí nuevamente, ya sabe cómo ponerse en contacto conmigo”.

– “Lo tendré en cuenta Señor Brown, ha sido un placer hacer negocios con usted”.

Colgué el teléfono sin responder.

Me detuve y saqué mi móvil personal, esperando. A los pocos segundos, la pantalla se ilumino con la entrada de un mensaje nuevo. Acababa de recibir el ingreso de 50.000 dólares en mi cuenta numerada de un banco suizo.

Confirmada la operación, me deshice del teléfono prepago, arrojándolo con todas mis fuerzas contra el suelo, donde saltó en mil pedazos. Con el zapato, empujé los restos hasta el interior de una alcantarilla.

Encendí un nuevo cigarrillo y decidí regresar caminando hacia mi apartamento.

A la memoria me vino el recuerdo de la primera vez. Las nauseas incontenibles que siguieron al disparo en la cabeza que acabó con aquel tipo. Y los dos días posteriores de borrachera casi permanente, intentando extirpar de mi mente, a base de alcohol, la imagen de la sangre salpicando en todas direcciones.

Ahora ya, pasado el tiempo desde entonces, sólo sentía una ligero nudo en la boca del estomago.

Un par de manzanas más lejos, abandoné la bolsa de plástico con el reloj, la cadena, los anillos y el resto de efectos personales, tirándola en el interior de un contenedor de basura.

Lástima de chica, tan joven y atractiva. Y también tan ambiciosa. Demasiado estúpida para  darse cuenta que no se puede jugar con gente de la clase de mi cliente, poderosos, acostumbrados a luchar en la jungla de las altas esferas y salir siempre victoriosos.

De vuelta al apartamento debería destruir sus fotos y las notas que tomé mientras hice el seguimiento. Fue una sensación molesta. Sentí que, casi, casi, sería como liquidarla de nuevo.

Taciturno, proseguí mi paseo. Las luces de la ciudad proyectaban su brillo lleno de vida, iluminando a cientos de personas que caminaban, reían y hablaban, ajenas al drama que acababa de acontecer hacía escasos minutos no lejos de allí, o a otros similares que estarían ocurriendo en aquel mismo momento en aquel universo de asfalto, hormigón y cristal.

Mientras me deshacía de la pistola con silenciador, pensé que necesitaba con urgencia volver a recuperar mi vida. A mi trabajo de abogado. A la normalidad.

Y  de nuevo volví a pensar en Samantha. También la necesitaba a ella.

Cada día más.

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