UN CUENTO DE MARZO

Publicado: 26 de junio de 2012 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Era alto, fuerte, bien parecido. Uno de esos tipos de los que un castizo diría que “su familia no ha pasado hambre nunca”. Tenía una bonita moto, un trabajo envidiable y su última conquista -una rubia que trabajaba en su misma empresa- lo había dejado todo por un beso suyo, incapaz de resistirse a su sonrisa perfecta y su capacidad de seducción. La vida le era propicia, y él lo sabía.

Tenía planes, muchos planes. Aspiraba a más. Deseaba más. A cualquier precio.

En su trabajo, las oportunidades de ascender no le faltarían. Ya tenía un puesto directivo, pero no se conformaba con eso, se había marcado el objetivo de lograr la dirección general. Y nadie le podría hacer sombra. Se sabía más inteligente, mejor preparado y demasiado buen estratega para que algo o alguien se interpusiese en su camino marcado a dirigir la organización.

Esta idea le hizo sonreír. Con la misma satisfacción del lobo que se relame al observar a su víctima.

Hoy tenía una reunión con el resto de gerentes de área para presentar y analizar los resultados trimestrales. Estaba seguro que los suyos causarían sensación, y que los demás no tendrían más remedio que escucharlos con admiración y, quizás, un punto de envidia. Eso le provocaba mayor placer aún.

Se arregló cuidadosamente, prestando especial atención al apurado de su barba, y después eligió con el mismo detalle la ropa que se pondría. Se decidió por un estilo “casual” –todo prendas de marca- que tan bien le sentaba dada su estatura. Un atuendo ideal, ya que pensaba ir a la reunión en la moto.

Antes de salir del dormitorio, no olvidó coger un par de preservativos de los que guardaba en su mesilla de noche. Después de la reunión pensaba tener sexo con ella. No había nada que le satisficiera más que, después de una exitosa y brillante reunión de trabajo, ver como su rubia amante se entregaba a él, sumisa. Adoraba aquella sensación de poder que le otorgaba hacerle el amor con fuerza, viendo en sus ojos esa mezcla de admiración, deseo y obediencia. Y además, reconoció, le encantaba aquel cuerpo que, en pocas horas, volvería a hacer suyo.

Se detuvo una última vez para contemplarse en el espejo junto a la puerta del piso y, haciendo un guiño a su propia imagen reflejada, se dio el visto bueno definitivo.

Se dirigió hasta el garaje, subió a la moto y apretó el botón de encendido. Le encantaba el sonido de aquel motor. Potente, con clase. Digno de él. Se puso el casco –con cuidado de no aplastarse en exceso el peinado- y salió a la calle.

Hacía más frio de lo que esperaba, aunque lucía un sol radiante de mediados de marzo. No importaba, pensó. Aquella noche ya entraría en calor con ella. Al pensarlo, se recordó a si mismo pasar por el sex-shop y comprar aquellas bolas chinas que vio la última vez. Hoy le apetecía experimentar con ella.

La apartó de sus pensamientos y se concentró en la reunión que le esperaba. Había preparado una impactante presentación en PowerPoint que no hacía más que realzar los magníficos resultados que había obtenido. Sabía que aquello silenciaría muchas voces, críticas con su estilo de dirección, y dejaría sin argumentos en contra a sus rivales. La mayor parte de ellos eran remilgados y cursis ejecutivos, llenos de valores obsoletos y cargados de reparos ante su manera de hacer las cosas. Unos valores casi tan anticuados como los de su padre. Una mentalidad absurda y pasada de moda. Los despreciaba.

Al parar en uno de los semáforos, se fijó en uno de los carteles publicitarios que jalonaban las calles anunciando -con empalagosa y comercial ternura- el “día del padre”.

Era diecinueve de marzo, recordó con una maldición ante la perspectiva de tener que interrumpir sus actividades y llamar a su “viejo”. Algo siempre desagradable por la estúpida y anticuada manera de ser de su padre, inflexible y puntilloso respecto a la “moralidad” y “honorabilidad”, y muy crítico con sus maneras de hacer profesional y personalmente. Al diablo con él y con su mentalidad de perdedor. Entre las copas con los compañeros y antes de paladearla a ella, ese sería un buen momento para solventar el obligado compromiso, decidió, reorganizando su tiempo mentalmente. Cinco minutos para quedar bien no son tanto, concluyó.

Arrancó de nuevo, dejando atrás esos molestos pensamientos.

Aceleró la moto, metiendo un poco más el puño. Quería llegar pronto. Antes de la reunión tenía que anunciar el despido a dos personas de su equipo. Pobres imbéciles que habían mostrado algún malestar por su manera de hacer las cosas. Era sorprendente que todavía quedasen personas que antepusieran sus valores caducos por encima de los objetivos empresariales. Eran gente acabada, como su padre, y como tantos otros a los que deseaba demostrar quién era él. Eliminarlos era puro trámite, pero algo molesto en un día como aquel, con una agenda tan apretada como la que tenía.

Con enojo vio como el siguiente semáforo se ponía en ámbar. Decidido a no demorarse más, aceleró.

El éxito le esperaba, sus deseos se verían colmados. La vida le ofrecía sus tesoros. Nada ni nadie podría hacerle sombra o interponerse en su camino, y menos aún aquella lucecita anaranjada.

Todavía sonreía al pensar en ello cuando, al saltarse el disco ya en rojo, el camión se abalanzó inexorable sobre él.

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