UN CUENTO DE FEBRERO

Publicado: 26 de junio de 2012 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Finalmente se levantó. Llevaba más de dos horas despierto, pensando, escuchando la respiración pausada de ella – a su lado – pero incapaz de moverse de la cama.

Se acercó en silencio hasta el salón y encendió un cigarrillo, mientras observaba el día a través del ventanal. Un sol radiante y un cielo azul, sin una sola nube. Un precioso sábado de invierno, aunque su estado de ánimo – gris y opresivo como un cielo de tormenta- era la antítesis de aquella mañana.

Mientras las volutas del humo del tabaco dibujaban extraños arabescos, él pensaba en la noche pasada. Una noche más en la que ella se alejaba de él, en la que evitaba hasta el más mínimo roce, como si fuese un apestado. Respiró profundamente, y se dirigió a la cocina a prepararse un café.

En el momento en que el líquido empezó a borbotear, ella apareció en la puerta, todavía con el sueño reflejado en su cara.

-. Buenos días cielo, llegas a tiempo. ¿Un café y un zumo?

-. Si, gracias.

Un rápido beso, apenas rozando sus labios con los de él.

Ella se sentó sobre la encimera de la cocina, como hacía siempre, mientras él exprimía las naranjas, sin dejar de mirarla de reojo.

-. Toma cielo, aquí tienes

-. Gracias…

Una ligera y breve sonrisa en señal de agradecimiento, sin mirarle a la cara. Huidiza.

Un silencio denso e incómodo, que ella finalmente se atrevió a romper.

-. Tenemos comida en casa de mamá, y yo debería pasar por la peluquería a arreglarme las mechas. ¿Tú qué vas a hacer?

-. Colocaré un par de cosas aquí, y luego si te parece iré a comprar unas botellas de vino para la comida.

-. Bien, voy a ducharme entonces.

Ella dio un saltito y se dirigió a la puerta de la cocina mientras él la miraba salir. Su melena rubia, su cuerpo delgado, y ese movimiento de cadera que tanto le gustaba.

-. Cuerpito – dijo cariñosamente, aunque con un punto de melancolía en la voz.

Ella, por costumbre,  se contoneó un poco, aunque sin detener su caminar o volverse siquiera.

Al quedarse solo, encendió otro cigarrillo, ensimismado en la maraña de sus confusas sensaciones.

-. Me voy, cuando acabe en la peluquería te llamo.

-. Bien…

-. Hasta luego

Escuchó el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse.

Maquinalmente se afeitó, se duchó y se vistió para la comida en casa de su suegra. Por ese motivo,  no olvidó el detalle de ponerse uno de los jerseys que la mujer le había regalado en Navidad.

Decidió no coger el coche e ir a comprar el vino dando un paseo. Sentía una angustia que le resultaba asfixiante.

-. Hace un buen día –pensó- y el aire frío me vendrá bien.

Fue caminando hasta la enoteca mientras pensaba, observando distraídamente a la gente. Matrimonios con niños, parejas de ancianos, jóvenes abrazados o paseando de la mano. Todos aparentemente felices y disfrutando de aquella hermosa mañana de fin de semana.

Aquellas escenas le hicieron sumirse de nuevo – con una nueva dosis de amargura- en sus reflexiones.

Un mes. Había pasado un mes desde que hicieron el amor por última vez. Y en el que los silencios se imponían a las palabras. Y las dudas a la confianza.

Decidiendo que sería un vino del gusto de todos, eligió tres botellas de un Ribera de Duero que le recomendaron especialmente. La vibración del teléfono móvil le arrancó de su abstracción.

-. “Tratamiento para el pelo. Me retrasaré.” – decía el escueto mensaje.

Con la compra ya terminada, decidió caminar hasta la peluquería y recogerla allí. Pese a su distanciamiento, todavía sentía la imperiosa necesidad de su cercanía, de compartir momentos con ella. De sentirla.

Compró el periódico y se sentó en un banco frente a la puerta, esperándola.

Un mes. Treinta días y treinta interminables noches sin acariciar y besar su cuerpo. Sin abrazar su alma.

Al cabo de un rato, la música de su teléfono móvil le alejó de aquellos pensamientos y recuerdos. Era ella.

-. Ya terminé en la peluquería, ¿te falta mucho?

-. ¿Dónde estás? Preguntó él, desconcertado.

-. Acabo de llegar a casa, ¿y tú?

Silencio.

-. Salgo ahora de comprar el vino… ya voy para allá.

Colgó la llamada, mirando con rostro serio la puerta de la peluquería, apenas a tres metros de distancia.  Llevaba sentado allí casi una hora. La acidez del zumo del desayuno le subió hasta la garganta.

-. Ya estoy aquí

-. ¿Qué tal el vino?

-. Bien… un Ribera que me han recomendado… te han dejado muy aguapa. – dijo, sin dejar de observarla.

Silencio.

-. Gracias… ¿nos vamos? – respondió con cierto  tono de azoramiento, evitando volverse hacia él.

-. Si…

Bajaron hasta el garaje, abrió la puerta para que subiese al coche y cerró tras ella. Respiró profundamente,  y dando la vuelta al vehículo, entro, se sentó y encendió el motor.

Con rapidez, ella hizo que la música del CD sonase como para llenar el silencio que se erigía entre ambos. Como para evitar las palabras.

Besos, abrazos, carantoñas a los niños, conversaciones intrascendentes, una cerveza… la mirada huidiza de su cuñada,  la mirada preocupada de su suegra. Y una extraña sensación de irrealidad, como si su espíritu observase la escena fuera de su cuerpo.

Él sin dejar de observarla de reojo, ella esquiva. Hablando y riendo sin parar, como intentando mantener alejada una incómoda y dolorosa realidad que era cada vez más evidente.

Más besos, más abrazos, carantoñas a los niños, y las promesas habituales de repetir aquello más a menudo. Sólo la novedad del particular abrazo de su suegra.

-. Cuidaros mucho, por favor. – dijo la mujer al despedirse, con tono de preocupación y una mirada que no dejaba lugar a dudas. Le apretó con fuerza contra ella en un abrazo que transmitía su desazón.

De regreso a casa, en el horizonte, el sol se ponía. El reflejo hizo que el entornase ligeramente los párpados. Ella se puso las gafas oscuras.

La observo unos instantes hasta que, con un lento movimiento, apagó la música que de nuevo había comenzado a  sonar nada más subir al coche.

-. Cielo…

-. ¿Sí?

-. ¿Qué te da él que no te de yo?

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