UN CUENTO DE ENERO

Publicado: 21 de junio de 2012 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Aunque tenía el día libre, se despertó temprano sin necesitar siquiera que sonase el despertador. Saltó de la cama y se asomó a la ventana del dormitorio. Era una preciosa mañana del mes de enero, con un sol radiante que brillaba en el azul intenso del cielo, limpio de toda nube. Se alegró aún más. Un viernes magnifico con un tiempo magnífico para celebrar su cumpleaños.

Debía darse prisa para organizarlo todo como quería, así que apuró unos segundos más la belleza de aquella despejada mañana invernal y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha y terminar de despejarse.

Diez minutos después se vistió con unos pantalones vaqueros desgastados y un jersey de lana azul de cuello vuelto y se puso unos botines cómodos para salir a la calle y poder caminar toda la mañana.

Una vez vestido, se dirigió a la cafetera para preparar su solo doble habitual. Soplando hacia el denso y oscuro líquido, sujetó la taza caliente con las dos manos mientras repasaba mentalmente todo lo que necesitaba comprar para organizar la velada perfecta, memorizando los básicos.

Mientras lo hacía, una sonrisa se reflejó en su rostro. Estaba contento e ilusionado. Era su cumpleaños y la esperaba a ella. Cumplía cuarenta y tres años, si,  pero se sentía –feliz y enamorado- como si cumpliese veinte. Esta vez quería ser él quien preparase la sorpresa, y por eso nada debía quedar al azar.

Después de toda aquella mala racha con demasiado trabajo y demasiado estrés, deseaba demostrar lo mucho que la amaba. Y  ese deseo le alegraba enormemente.

Terminó el café, se enfundó el chaquetón azul de marinero, y recogió de la repisa de la cómoda las gafas de sol y los guantes del primer cajón. Consultó la hora en su teléfono móvil: las nueve y media.

Salió del apartamento, tomo el ascensor y ya en la calle sintió en el rostro el golpe de aire frio, primero, y después los rayos del sol invernal. De nuevo sonrió.

Contento, se dirigió andando hacia el coqueto y bien surtido mercado -recién inaugurado y con una amplia variedad de tiendas de productos frescos, delicatesen, vinos y detalles para el hogar-  en el que había pensado realizar las compras.

Había planeado cocinar alguno de los platos favoritos de ella, así que decidió dar una vuelta por los pasillos e ir viendo los diferentes locales. El lugar era realmente agradable y vistoso y no pudo evitar imaginar lo mucho que le gustaría estar paseando en ese momento junto a ella, cogidos de la mano, y comentando entre risas todo lo que veían.

Con ese buen humor, una vez recorrido el centro comercial, decidió lo que prepararía de cena: un tartar de atún rojo -con cebollino y huevos de codorniz-  que a ella tanto le entusiasmaba. Pensó que una docena de ostras sería el entrante perfecto. Mientras le preparaban el pedido, vio también unos percebes gallegos grandes y frescos, y no pudo evitar recordarla de nuevo y comprarlos también. Sabía que le encantaban.

En una de las enotecas eligió las bebidas: unas botellas de Veuve Clicquot y otra de Alter Enos, y para endulzarse tras la cena compró también un Casta Diva.

Durante un rato se detuvo dubitativo ante el escaparate de una de las tiendas de decoración. Buscaba algo para vestir la mesa aquella noche. Finalmente se decidió por un conjunto de velas de Sybila en distintos tonos anaranjados, y una pequeña colección de piedrecitas bellamente pulimentadas.

Sonrió. Aquella noche recrearía para ella ese lugar de la costa en el que tanto les gustaba pasar largos ratos abrazados, contemplando el horizonte.

– “Qué lugar mejor para el marisco que unas rocas”.- pensó, sin poder evitar una pequeña carcajada, al tiempo que miraba a su alrededor.

La gente le observaba reír de manera inquisitiva, y se sonrojó un poco, pero no le importó, estaba contento.

Escuchó sonar el teléfono y rápidamente lo sacó del bolsillo del vaquero, expectante. Eran las once de la mañana, pero no era ella. Respondió a la llamada y agradeció cortés y alegremente las felicitaciones.

Cuando ya se marchaba, recordó un último detalle, algo dulce de postre  -una chuche, lo llamaba ella- así que entro en una de las tiendas de delicatessen con una idea clara de que compraría: marrón glacé. Sonrió de nuevo pensando en lo mucho que le gustaría.

Satisfecho, se dirigió de nuevo a casa para empezar a organizarlo todo.

Por el camino se produjeron nuevas llamadas de felicitación, a las que respondía con un gesto feliz  que iluminaba su rostro.

Al llega al piso dejó las compras recogidas y preparadas, y salió de nuevo a tomar el aperitivo con unos amigos que le esperaban. Más felicitaciones y risas, aunque siempre pendiente del teléfono –no podía evitar mirarlo cada cinco minutos- por si llamaba ella.

Después de picar algo regresó a casa. Durante un rato de descanso se dedicó a hacer una selección de música italiana – a ella le encantaba- para escuchar esa noche. Y el móvil siempre a la vista.

La tardé pasó rápido entre preparar la mesa – elegir la mantelería, platos, cubiertos, copas- y adornarla con las velas y las piedras. Volvió a sonreír de nuevo pensando en su pedacito de costa favorito. Terminó de preparar los ingredientes de la cena y, satisfecho, se preparó un café y se sentó a descansar un poco y relajarse antes de arreglarse. Había seguido recibiendo llamadas, aunque todavía sin saber de ella. Imaginó que tendría uno de esos días repletos de reuniones interminables y estaría muy ocupada, además, había regresado el día anterior de viaje de trabajo y supuso que eso la tendría aún más atada. En cualquier caso, él la había citado en su casa a las ocho, aunque sin desvelarle nada de la cena, y mucho menos de la sorpresa que había preparado.

Convencido de cómo había quedado todo, se afeitó y se duchó tranquilamente –con el teléfono siempre a mano- y se vistió para estar ya listo. Eligió el traje negro de Armani, una camisa blanca de Hugo Boss –con los gemelos negros de nudos que ella le había regalado- y unos Lotusse negros de cordones. Antes de volver al salón, se dirigió a la mesilla de noche, abrió el cajón y recogió un pequeño estuche.

Se acomodó en el sofá, dejó el teléfono sobre la mesita baja delante de él y miró su reloj. Las siete y cinco.

Con cuidado, abrió la cajita que había tomado de la mesilla del dormitorio. Era un anillo de oro blanco que formaba un lazo en su parte superior, y cuyos extremos estaban rematados por dos diamantes. Le había gustado desde que lo vió por primera vez en el escaparate de la joyería y siempre había pensado que era una bonita manera de expresar amor. Dos partes entrelazadas formando un solo cuerpo. Con ese anillo pensaba pedirle esa noche que se casara con él. Esa era su sorpresa.

Debido a cambios internos y a ciertas convulsiones que ella había tenido que sufrir en su trabajo, los continuos viajes y las muchas horas que debía dedicar a sus nuevas responsabilidades –unido todo ello con su propia situación, en la que su nuevo cargo también le había supuesto un enorme desgaste físico y mental- su relación se había visto afectada por la falta de cercanía. Pero pese a los altibajos –en realidad él se sentía más enamorado todavía precisamente al no poder estar juntos todos los días, por ser consciente de la felicidad y la ilusión que ella le producía nada más escucharla, verla o sentirla- deseaba hacerla feliz con todas sus fuerzas. Mirarla reír, observar embobado su carita de sueño al despertar por las mañanas, acariciar sus piernas con un masaje relajante, preparar cenas tranquilas en casa disfrutando de la compañía y la conversación, planificar escapadas sorpresas de fin de semana para evadirse del día a día y perderse juntos para amarse…

Las ocho.

Recibió un par de nuevas llamadas de felicitación y –con una cierta sensación de inquietud- decidió encender ya las velas y sacar el champán en una cubitera llena de hielo.

-. “No puede tardar mucho más en llegar”.- pensó, intentando evitar la desazón que comenzaba a apoderarse de él.

Repasó mentalmente los últimos días. Es posible que llevasen un tiempo algo más herméticos el uno con el otro, que les faltase la comunicación y la complicidad de antes, pero era algo que sin duda debía estar provocado por su ajetreada vida profesional. No podía tratarse de nada más.

Llevaban más de un mes sin hacer el amor, sin esos abrazos con los que casi se cortaban el aliento de tanto estrecharse, uno en brazos del otro. Pero pensaba que eso se debía más al cansancio que a otra cosa. Él la amaba más que nunca. Aquello era algo puntual.

Las diez.

¿Y si el repentino mutismo de ella se debiese a algo más que  el estrés? Tal vez no había sabido reconfortarla lo suficiente en los últimos tiempos, que se sintiese querida, comprendida, escuchada, apoyada… a lo mejor ella se había sentido sola, empujando el carro de una relación por un camino que, de improviso, se había plagado de baches y piedras.

Seriamente preocupado, llamó por teléfono. Saltaba su buzón de voz.

Las once.

Reconoció que él había estado tan absorto con sus propios problemas que no prestó la debida atención a los de ella. Ahora recordó que había evitado hablar de temas serios con la excusa de que ambos necesitaban relajarse y olvidar preocupaciones. Recordó las miradas tristes de ella. Recordó cómo salía a la terraza a fumar y escuchar música, con el deseo de estar sola durante un rato.

Recuerdos, recuerdos, recuerdos…

De manera inconsciente, en su mano, apretaba la cajita con fuerza. Un rictus de preocupación surcaba su rostro, y sentía una aguda punzada en la boca del estómago. Ya no sonreía.

Notó vibrar su móvil sobre la mesita, y como un resorte lo recogió. Las doce menos cinco. Era un mensaje. De ella.

-. “Felicidades”.

Se quedó observando fijamente la pantalla del teléfono hasta que se oscureció, y lenta, muy lentamente, lo volvió a dejar en su sitio.

Por unos instantes se quedó inmóvil,  mirando al vacío, como una estatua desprovista de vida. Al cabo de un tiempo, que pudieron ser apenas unos segundos o toda una eternidad, se dirigió a la mesa de comedor, todavía servida y engalanada, y apagó las velas -ya medio consumidas y perdida su grácil forma- con las yemas de los dedos.

Caminando despacio, se acercó a la ventana.

A través de los cristales contempló la oscura noche, iluminada tenuemente por las farolas de la calle. Los pequeños árboles, desnudos de hojas, se agitaban –indefensos y desamparados-  en manos del viento que se había levantado. Se sintió cansado, como envejecido de golpe, ya sin la levedad, la ilusión y la alegría que parecían haber hecho volar su espíritu durante todo el día. Pero permaneció de pie, con la mirada perdida entre las sombras. Así se mantuvo, como petrificado, hasta que un ligero temblor le sacudió el cuerpo.

Sintió frio, aunque continuó inmóvil, los ojos fijos en la nada, viendo sin ver.

El escalofrío hizo que su mano izquierda -en la que llevaba durante toda la noche el pequeño estuche- se abriese, dejándolo caer.

La cajita impactó en suelo –él ni siquiera lo oyó-  y el anillo salió despedido, rodando bajo los muebles.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.

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