CARTAS DESDE EL ACANTILADO

Publicado: 21 de junio de 2012 en HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES
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Este relato está especialmente dedicado a SAM. Espero que, esta vez sí, la vida te sonría.

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Cuando llegué al piso era ya de noche. Abrí con calculada lentitud y nada más cruzar el dintel de la puerta respiré profundamente, intentando serenarme. Me sentía tan agotado por los acontecimientos de los últimos días que opté por tomarme unos minutos antes de comenzar la tarea. Vi una botella de whisky y unos vasos sobre la encimera de la cocina, y decidí servirme una copa.

Simbólicamente, hice el signo de un brindis al aire y encendí el enésimo cigarrillo del día, buscando con la vista los cuadernos de Alberto. Estaban allí, sobre la mesita del salón, así que –algo más reconfortado por el alcohol- me acerqué dispuesto a terminar el encargo de una vez, sabiendo que quedaba todavía la parte más difícil.

Lo que no imagina en ese instante era cuánto.

Mientras intentaba ordenarlas, tomé al azar una de las cartas, bebí un largo sorbo del vaso bajo con hielos y comencé a leer las hojas manuscritas.

“Las horas pasan en el salón de una casa que no siento mi casa. Una casa fría y vacía porque tú no estás. Una casa que parece una tumba en la que solamente vagan fantasmas de duda que me torturan riéndose de mí y de mis esperanzas en una noche de horror, mientras yo me aferro a mi amor por ti y a tu imagen para no dejarme llevar al fondo del abismo oscuro.

Tengo miedo. Miedo de perder mi batalla con la enfermedad, miedo de no volver a verte ni a sentirte. De que no comprendas el por qué no pude traerte conmigo en este viaje desesperado a todo o nada, o el por qué de muchos de mis actos que –equivocados o no- sólo fueron motivados por mi amor.

Pensando en ti, en esta noche interminable, el cenicero se llena al ritmo que marca el torrente de sentimientos que luchan por salir de mi interior, agolpándose.

Ahora estamos separados, sí, pero no estar juntos es aún más acicate para recordarte y para ser consciente de todo aquello que no he sabido transmitirte y darte. Sí, te echo de menos, cada día más, y muero por no poder abrazarte a cada instante. Y resignándome acumulo deseos de reencontrarte.

Qué difícil se me hace perderte en la distancia, porque no puedo pasar sin mirarme en tus ojos, sin tu olor, sin tu sonrisa, no puedo estar sin saludarte con esos “buenos días” que me daban la vida cada mañana.

Sí, me das la vida porque sólo junto a ti todo alcanza su verdadero sentido. Sin ti soy una mitad incompleta. Soy sólo “yo”, no “nosotros”. Y yo ya no soy nada si no estás tú.

Desde que te conocí llenaste poco a poco mis pensamientos, y fuiste protagonista de mis deseos de vivir. Llenaste mis segundos de felicidades y mis días de la alegría de verte. Al igual que ahora eres el motivo de pelear contra la enfermedad y no rendirme.

Te amo en lo más profundo de mi alma, de mi ser. Te amo porque existo gracias a ti.

Te quiero a cada instante, cada pensamiento, cada mirada, cada palabra. Te quiero en tu recuerdo. Te quiero en mi añoranza de ti.

No puedo dejar de echarte de menos porque tu cara es la belleza, tu cuerpo el fuego acogedor, tu mirada mi paz y tu alma mi objetivo. Aunque recordarte sea llorar por no tenerte y morir de tristeza por no besarte.

Extraño todo de ti, desde tu voz hasta tu piel. Tu piel, si. Mi amor, siento ansias de tus labios, sin ellos mi alma languidece.  Añoro tu esencia, tu mirada, tus caricias. No soy ajeno a lo que es sentir necesidad de tu presencia, tu voz, tu aroma que dulcemente acompañaba mis sentidos cuando te marchabas cada lunes.

Me levanto y miro fuera, a cielo que se dibuja entre los tejados de los edificios cercanos. Me gusta contemplar el alba, sentir el aire frío que llega y roza mi cara como invitándome a seguirle donde va, pues quizás conoce el sendero más corto para llegar a ti y acabar de una vez con esta cruel distancia que me separa de tu cuerpo y de tus besos.

Cubro mis deseos de tenerte a mi lado con un manto de esperanza. Miro al horizonte, contemplo como pasan silenciosas las horas mientras amanece lentamente, como si cada segundo durara más que de costumbre.

Pero al final llegará el día, ya verás. Ahora es como tener en las manos un pajarillo que apenas abre sus ojos a la luz, pero es sólo esperar, pronto sus alas serán fuertes, le llevarán a lugares distantes. Así es el amor vida mía, transporta la felicidad de las almas dispuestas a viajar hacia ese lugar de ensueño, allí donde se cumplen promesas, se deja atrás el miedo, se nace a una vida plena de emociones nuevas, de caricias reencontradas, de instantes que jamás se olvidan.

Siento ansias de que ese pajarillo alce el vuelo, pero comprendo que aún no llega el momento y que ahora es la lucha contra esta perra enfermedad la que marca los tiempos.

Quiero pensar que pronto te miraré a los ojos de nuevo, que tendré esa oportunidad para demostrarte mis sentimientos, para volver a soñar juntos, para correr por la playa cogidos de la mano, para reír como locos, para que te cuente cuentos en la terraza, para acariciarte noche tras noche en el sofá, para mirarte emocionado cuando, desde una cama de hospital, me enseñes orgullosa un pequeño bebé. Nuestro bebé. Y para, con las sienes ya encanecidas, agarrar tu mano y ver atardecer…

Las horas pasan en el salón de casa. Entre calada y calada de cigarrillo, mirando desde la terraza hacia el horizonte donde tú te encuentras, sueño despierto con el momento que todo pasará como pasa todo, y entonces amor, estaremos tú y yo camino al Hogar.”

Tuve que parar.

Con un nudo en la garganta y un pinchazo en la boca del estómago levanté la vista de la hoja de papel y respiré hondo. Despacio.

Me puse de pie y maquinalmente rebusqué en el paquete de tabaco del bolsillo de la americana, saqué un nuevo cigarrillo y lo encendí con parsimonia, aspirando el humo profundamente, mientras mi mirada se desplazaba alrededor de la habitación.

No era gran cosa. Mi viejo estudio de soltero -cerrado a la espera de un mejor momento para hacer esa reforma que tanto necesitaba y ponerlo en alquiler- que le cedí cuando me avisó que volvía a Madrid, y que había sido su casa en los últimos meses. Entre los amigos íntimos, los tres mosqueteros, añadimos una televisión, un pequeño equipo de música y un microondas que completasen un poco el escaso y espartano mobiliario que contenía la vivienda. Las pocas pertenencias con las que vino -algo de ropa, sus ordenadores portátiles, una impresora y algunos discos de jazz- no ayudaban a hacer de aquel lugar un sitio acogedor. Y mucho menos un hogar. Pero se convirtió en su último refugio durante la batalla.

No pude evitar una media sonrisa al ver, apiñados en una estantería, varios libros de segunda mano que sin duda había comprado en alguna de sus últimas visitas a los libreros de la Cuesta de Moyano.

-.“Alberto, viejo amigo” –pensé- “lo único que te hizo verdaderamente feliz en esta vida fueron los dichosos ordenadores, tus libros, tu música y tus películas clásicas”.

Recapacité un instante. –. “Y ella”.

Me serví algo más de whisky en la copa ya sin hielos, aflojé el nudo de la corbata, desabroché el botón del cuello de la camisa y me volví a sentar en el desgastado sillón de cuero marrón.

Di un trago, exhalé aire y seguí leyendo otra de sus cartas. 

Aquí estoy, como siempre, pensando en ti.

Y aunque no debería, fumo. Mirando ascender el humo en el que parecen dibujarse las curvas de tu cuerpo, y me pregunto hoy, al igual que todas las noches, ¿qué pecado cometimos o contra qué Ley Universal atentamos para no estar juntos?

Te dejé atrás para pelear mi batalla, para vencer por ti. Quise resguardarte de esta guerra, aislarte del sufrimiento, de la incertidumbre. Evitarte más desgaste a ti, la que tanto se desgastó acompañando mis anteriores momentos de desesperación. Pero hay instantes en que me faltan fuerzas, porque falta en mi vida tu presencia, tu sonrisa, tu caricia, tu cuerpo, tu olor y hasta esa forma fija, con los ojos muy abiertos, que tienes de mirarme en ocasiones.

Sólo tengo tu sombra, tu recuerdo, el recuerdo de lo que fuimos.

Te encuentro en cada bocanada del cigarro que exhalo y, aunque no lo creas, te respiro a cada segundo.

¿Por qué?

Porque vives en mí, te llevo dentro de mi piel, ésta que algunas veces quisiera arrancar de cuajo para no sentir el amargo dolor que me produce no tener tu presencia.

Porque yo te veo en cada cosa que miro, en la sonrisa de cada niño, en el sol que me despierta cada mañana, en el café que desayuno, en el suelo que contemplo mientras camino, a cada paso, en cada paso que di ayer, en el que doy hoy y en el que daré mañana…hasta en cada sesión de quimio veo tu mano sujetando la mía.

Porque eres parte fundamental de mí ser, de la persona que soy y de la que quiero ser para ti, hasta que de una vez por todas te des cuenta de que nunca te he ignorado ni mentido al hablarte de amor. Que mi vuelta a Madrid ha sido mi manera de evitarte el horror, y que todo lo que ha sucedido -tu trabajo, mis proyectos con el nuevo juego- todo ha sido fruto de un mal momento para ambos, pero que juntos podemos más, mucho más, que por separado.

Y espero que finalmente yo pueda escapar de las garras de esa pérfida Dama Enlutada que busca ofrecerme su beso eterno, y que tú regreses del viaje de vuelta a ti misma al que te envié al marcharme, porque eso quiero… eso sueño: que nos amemos, que nos miremos, que nos sintamos, que nos respiremos a cada segundo… ¿proyectos ya imposibles, como vanos deseos de un niño? No lo sé…

No, no eres un capricho ni un producto de esta imaginación desbordada que me lleva siempre -sin importar que camino elija- a ti, siempre a ti, a todo lo que tú eres para mí y simbolizas en mi existir…

Quisiera que te dieras cuenta de lo intensamente que te amo… que al conocerte empecé a pasar de ser un hombre demasiado solitario e introspectivo a ser alguien que empezó a abrirse y a participar de lo que tú dices, de lo que tú quieres, de lo que tú ansías, de igual forma que tú empezaste a compartir conmigo y a ser conmigo.

En este tiempo te he conocido tanto que… sé las cosas que forman parte de esa cotidianeidad que compartimos en los instantes en que estamos juntos… de qué lado te gusta dormir, tu carita cuando escondes una sorpresa, tu manera de respirar o cómo, cuando despiertas, con tus ojitos pequeños por tener que madrugar, ya empiezas a pensar en hacer nuevas cosas, en volar…”.

Unas lágrimas furtivas me obligaron de nuevo a interrumpir la lectura.

Suspirando, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón, con la vista perdida en el techo del salón.

Nunca dudé de su amor hacia Sonia, pero leer sus propias palabras, su manera de expresar esa devoción hacia ella, era un trago duro hasta para un tipo escéptico como yo.

Hasta ese momento pensé que su reducido grupo de amigos le conocíamos totalmente, aunque ahora me daba cuenta que sólo habíamos llegado a penetrar su habitual hermetismo hasta cierto punto.

Alberto siempre había compaginado momentos de alegría en que compartía risas y bromas con todo el mundo –siempre estaba dispuesto a acompañar a alguien para animarle y tomar algo- con esos otros en que se volvía introvertido y reservado, como revestido de una armadura impenetrable, al punto de no saber muchas veces lo que sentía o le sucedía hasta que tiempo después, una vez pasada la situación, lo confesaba y se sinceraba.

Pero en las horas malas, en las más difíciles, tenía el don de transmitirnos a todos una ternura capaz de consolarnos y serenarnos de nuestro dolor o pérdida. Un solo abrazo suyo, en instantes como esos, era suficiente para hacerte sentir una paz especial.

Habíamos llegado a vislumbrar esa cálida sensibilidad que atesoraba, pero era ahora cuando de verdad llegaba a visualizar realmente todo aquel caudal de sentimientos que se escondían dentro de sí.

En aquél momento comencé a entender un poco más el por qué de sus actos cuando se enteró de su enfermedad y lo que había acontecido los últimos días.

Esta noche me he propuesto escalar en tu horizonte, entrar en tus sueños e hilvanar una nueva fantasía en la que juntos creemos un mundo lleno de ilusiones y proyectos.

Me gustaría, esta noche y cada noche, hundir mi mano en tu pecho, rozar tu corazón con mis dedos, respirar tu aliento envolviendo tu alma en mi alma y tu cuerpo en mi cuerpo.

Me gustaría tener sueños de ti en un mar de silencio, sueños contigo disfrutando de tu sonrisa susurrante de ternura, sueños pensando la añoranza de tu cuerpo… sueños compartidos, sueños con olor a jardín recién regado, sueños de atardeceres en la Toscana, sueños…

Me gustaría dormir contigo sin la urgencia del deseo, velar tu descanso y decirte lo mucho que te amo sin que me oigas, acariciarte entera sin ni siquiera rozarte;  llevarte a los paraísos de mi imaginación en donde habitas sin saberlo; saborear la suavidad de tu ternura y besar esas manos tuyas cansadas de tanto darme la vida.

Me gustaría desterrar de tus ojos la tristeza y melancolía, de tu boca la amarga sonrisa, de tu pecho la angustia y la duda, de tu piel la inercia impasible y adormecida, insuflándote pasión y vida, morir de amor por ti y resucitar cada día.

Hoy me gustaría abrazarte y sólo puedo añorarte, me gustaría verte aunque vives en mi mente, me gustaría escucharte aunque ríes en mi corazón, me gustaría encontrarte aunque estás en mí.

Mantengo la esperanza porque no creo en el adiós, creo en lo eterno, porque nuestro amor no es recuerdo, pues vive presente en mí.

Mantengo la ilusión de sentirte porque te quiero, y porque nací para amarte, mantengo la fe en el reencuentro para rozarte con mis dedos.

Entre locura y locura sólo hay vacío, pero debería ser un vacío esperanzado, porque un día volverá la felicidad sin medida… mientras, cierra los ojos y siente como en la oscuridad de la noche entro en tu lecho y rodeo tu cuerpo, cómo se abraza el deseo, cómo buscan mis manos tus piernas que tantas veces acaricié, cómo encuentran mis labios tu espalda, tus hombros, tu nuca, cómo te busco y encuentro, y cómo después de mil horas de abrazos, caricias, susurros y besos, se estalla de gozo fundiéndonos alma con alma, unidos cuerpo a cuerpo.”

Cuando terminé de leer se escuchaban ya los primeros cantos de algún mirlo madrugador. Con cuidado, recogí las cartas y –pensativo- las introduje en un sobre. Me acerqué a la ventana del salón y encendí otro cigarrillo mientras dejaba vagar mi mirada entre los tejados de las casas, sobre los cuales se percibía ya el primer atisbo de claridad del nuevo día.

Había sido testigo mudo de una despedida, de las palabras de un hombre asomado a un precipicio. De alguien que desnudaba su alma –instantes antes de dar su último adiós y dejarse llevar- al borde de un acantilado.

Debió ser a causa de la tensión y el cansancio acumulados, o quizá fue por el whisky, pero los recuerdos y sensaciones vinieron a mí, como materializándose entre las volutas de humo del tabaco.

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Si. Hay historias que a uno nunca le gusta vivir, y mucho menos protagonizar. Historias que hieren y conmueven a aquellos que participan en ellas. Aunque es verdad que sólo esas son las que de verdad transcienden y nos marcan de por vida. Aquellas que al final –ya de viejos- cuando volvemos la vista atrás, comprendemos que son las que nos señalaron el camino que finalmente recorrimos. Sin duda, todo lo ocurrido durante aquellos meses – y que ahora mi mente se empeñaba en recordarme de nuevo, como si del pase de una película se tratase- me transformó de una manera imborrable.

Yo conocí a Alberto desde niño. Estudiamos juntos y fuimos amigos casi desde que tengo uso de razón. Un tipo peculiar, entrañable, irónico, fiel, introvertido y sobre todo soñador. Una mezcla que había que conocer bien para poder valorar sus actos.

Con él viví muchas de las experiencias de infancia, adolescencia y juventud que luego construyen nuestra forma de ser, ya adultos.

Desde bien pronto demostró unas dotes especiales para la tecnología y la creatividad, por eso a ninguno de sus amigos nos extrañó que se dedicase al diseño de software para juegos, y que terminase siendo el joven presidente en España de una multinacional del sector. Su cabeza siempre estaba bullendo de nuevas ideas y de nuevos proyectos.

Y quizá eso también hizo que fuese alguien un poco ajeno a los demás, incapaces muchas veces de seguir el hilo de sus acciones o de sus pensamientos. A pesar de ello, siempre le tuvimos ahí, cercano y accesible por encima de todo.

Con el natural transcurrir del tiempo, la vida nos fue llevando a cada uno por nuestro camino, pero mantuvimos el contacto, nos veíamos, recordábamos los viejos tiempos y hablábamos del futuro.

Nunca se había casado, y apenas le conocimos relaciones estables, por eso fue una sorpresa y una alegría cuando en su vida apareció Sonia. Con ella vimos en sus ojos un brillo especial, una sonrisa más franca en su cara y una expresividad que raramente dejaba ver de manera tan abierta. Y junto a ella también aumentó su ya enorme capacidad de soñar.

Pero hay sueños que quizás no tienen cabida en este mundo, tan dado a cortar las alas de las ilusiones y a dejar que nos arrastremos por un páramo de desengaños. Todo ese bullir de proyectos que ella y su amor hicieron brotar en él, probablemente provocaron la caída.

Una nueva idea que no es entendida y aceptada, una renuncia a su puesto para emprender el reto solo, y el amargo despertar al ver que sus visionarios conceptos no terminaban de cuajar.

Y a la vez, el trabajo de Sonia y sus viajes, el estrés.

Finalmente a ella no le quedó más remedio que trasladarse a Barcelona. Y Alberto la acompañó en la aventura.

Hasta que una mañana temprano –recuerdo que era un día gris, frío y desangelado, de esos que parecen traer lúgubres presagios y hacen desear no salir de casa- recibí su llamada.

-. “Vuelvo a Madrid” – me dijo, escueto.

-. “Vaya… ¿buenas noticias? – comenté un tanto sorprendido por esa decisión inesperada y por la parquedad de sus palabras. – “¿sale adelante tu proyecto?”

Debí darme cuenta que su frase monocorde no encerraba ninguna alegría, pero de eso fui consciente un instante mas tarde.

-. “No, Falco… es que me han diagnosticado un cáncer”.

Me quedé bloqueado. Sentí que un escalofrío intenso me recorría el cuerpo y se me nublaba la vista.

-. “Parece que agoté mi cupo de suerte en esta vida, y ahora toca bailar con la más fea”- añadió con un punto de amargura en sus palabras.

-. ¿Y Sonia? – conseguí balbucear.

– “No quiero que ella sufra mas por mi culpa, Falco”. – me dijo – “No puedo arrastrarla a este viaje” – su tono de voz comenzó a suavizarse, a emocionarse… estaba llorando. – “Ya sabes lo agobiada que está con su trabajo… ahora está fuera por negocios y le he dejado una carta. Cuando ella regrese a casa, yo quiero estar ya en Madrid”.

-. “Pero Alberto, no puedes hacerle eso” –le respondí.

-. “Falco, lo que no puedo es hacer caer sobe ella el peso de esta situación. Bastante ha hecho ya por mí. Esta batalla la he de librar solo, aunque combata por nosotros dos, por nuestro futuro y por nuestros sueños. Pero aunque me mate no estar a su lado, no pienso hacerla pasar por este calvario”.

-. “Va a suponer que la has abandonado” – intenté argumentar.

-. “Te juro que solo pensar en causarla dolor me destroza… pero en este caso quiero creer que el daño que le hago es para evitar que sufra viendo como el maldito cáncer me come, como la quimio me altera y me hace revolverme. Se me hace insoportable imaginarla sentada en salas de espera, pasando por la incertidumbre de si el tratamiento funciona o no…” – las lágrimas provocaron una pausa en sus palabras- “si salgo de esta le explicaré todo, y espero que sepa perdonarme por lo que estoy haciendo… pero Falco, la amo demasiado para arrastrarla al infierno. Prefiero que me odie a condenarla a vivir esta pelea a cara o cruz”. – tras un corto silencio, sentenció – “si pretendo salvar nuestra vida juntos, tengo que estar a un paso de destruirla”.

-. “Amigo” –dije con un nudo en la garganta- “respeto tus razones… protege a Sonia a tu manera, si es lo que crees que debes hacer” – hice una pausa para tomar aire y serenar mis palabras- “pero no vas a luchar esta batalla tu solo… yo voy a lucharla a tu lado”.

Fue una guerra cruel.

Incluso hubo momentos en que el destino hizo que todos nos forjáramos la ilusión de poder vencer.

Las primeras sesiones de quimioterapia, aparentemente, funcionaban muy bien, el organismo de Alberto parecía responder positivamente al tratamiento y, entre todos los amigos, procuramos que los momentos más tensos –como cuando comenzó la caída del cabello- resultasen lo menos traumáticos posible y hasta se convirtiesen – creo que jamás olvidaré las bromas y las risas que provocó cuando se presentó un día con un pañuelo pirata en la cabeza- en momentos alegres.

También en aquella época Alberto y Sonia volvieron a retomar el contacto de manera fluida. Pasadas las primeras semanas en las que él decidió dejar un tiempo para que ella asimilase la situación y el distanciamiento físico, las buenas noticias hicieron que sus mutuas llamadas y mensajes fuesen permanentes. Aunque en un aspecto Alberto se siguió manteniendo inflexible. No quería que ella viniese a verle.

-. “Quiero que mantenga el recuerdo de mi imagen con pelo” –decía como justificación, sonriendo. –“no que me vea con esta pinta de calvo con pañuelo pirata” – comentario que siempre hacía acompañado de muecas como las de un viejo bucanero, y que irremediablemente nos provocaban una carcajada. – “no me volvería a tomar en serio” – terminaba, sacando la lengua en gesto burlón.

Por aquel entonces también yo comencé a recibir las llamadas de Sonia, interesada en conocer en privado mi opinión sobre la salud de Alberto, y sus dudas respecto a hacerle caso y venir o no venir. Yo procuré tranquilizarla y darle ánimos.

-. “Sonia, creo que es lo mejor para los dos. Sé que esto es duro para ambos, pero para él es un alivio evitarte esta rutina de hospitales, y le hace estar más tranquilo”- decía para confortarla. – “además, ya sabes que es un presumido y su ego no soportaría que le veas sin sus rizos.”

Ella entre risas contestaba – “que tonto, con rizos y sin rizos le voy a querer igual… ¿o piensa que el pelo lo va a conservar hasta que cumpla 100 años?”

Aquellos días en que la vida resultó casi normal no duraron mucho más. Parecía ser cierto que la suerte estaba siendo esquiva esta vez. El avance del tratamiento se estancó y los médicos decidieron pasar a la radioterapia. Sus rostros serios no dejaban lugar a dudas sobre la gravedad de la salud de Alberto. Fue una nueva jugarreta del azar, un jarro de agua fría para todos, pero él intentó sobreponerse pese a tener que prolongar cada vez más sus estancias en el hospital. Sin perder el ánimo nos pidió cuadernos y bolígrafos para poder seguir escribiendo sobre sus proyectos.

-.“Esto para mi sí que es la verdadera tragedia” – comentaba poniendo una cómica cara de indignación, intentando animarnos – “un amante de la tecnología como yo sin sus ordenadores, obligado a volver al papel y a la tinta como un vulgar amanuense.”

Pero hasta el tiempo de las bromas tuvo su final. Un día, después de una de mis visitas, el jefe de oncología del hospital me esperaba a la salida de la habitación.

-. “Me temo que Alberto está muy mal” – me dijo con seriedad y tristeza. –“estamos haciendo todo lo humanamente posible, pero parece que no es suficiente” – añadió mientras posaba su mano derecha en mi hombro. – “si sigue sin responder a la terapia, vamos a necesitar un milagro”.

Milagros. Maldita sea, hacía años que había dejado de creer en los milagros. La vida me había demostrado que no se pueden esperar. Que esa confianza infantil siempre se ve traicionada y sólo queda la cruda y sórdida realidad. Que nos enfrentamos el solitario a las pruebas que nos depara el destino y que es inútil apoyarse en vanas esperanzas.

Regresé a casa abatido. Aquella noche no logré dormir de rabia y de impotencia. Empezábamos a dejarnos vencer. No era el final, aún, pero si el principio del mismo. Golpeé con los puños la pared de mi dormitorio hasta herirme.

Sangre vertida por mi amigo, por Sonia y por mi propio escepticismo.

Los últimos días en el hospital fueron muy difíciles. Todos sabíamos, incluido Alberto, que el desenlace estaba cerca. Se había jugado para ganar, pero una vez más, en la tirada de los dados del azar, tocaba volver a perder.

Cuando los dolores o la sedación no se lo impedían, aprovechaba los momentos de lucidez para escribir con una pasión y una energía que resultaba casi imposible de imaginar dado su estado de postración. Yo pasaba ratos interminables mirando el brillo febril en sus ojos, mientras su mano trazaba línea tras línea en los cuadernos, como obsesionado por plasmar en ellos una arcana sabiduría de la cual él fuese responsable último de transmitir.

Una tarde, después de verle enfrascado en su tarea durante muchos minutos, cerró los ojos y dejó caer los brazos sobre la cama, como exhausto. Hice ademán de incorporarme, pero me detuvo con un gesto tranquilizador de su mano. Respiró profundamente.

-. “Falco…” – me llamó en tono débil y de claro agotamiento.

-. “Aquí estoy, amigo” –le respondí. – “¿Quieres algo?”

-. “Necesito que me hagas un último favor”.

-. “Claro, lo que quieras”.

-. “Impide que ella venga, que me vea así”.

-. “Alberto, por Dios…”.

– . “Calla… por favor” – dijo con esfuerzo- “haz lo que te pido… quiero que me recuerde como lo que era, no como un patético despojo agonizante… ya ni siquiera puedo hablar sin perder la voz”.

-. “No puedes…”

-. “Te lo suplico, ahórrale todo esto y deja que me pueda ir tranquilo”.

-. “No sé cómo podré impedirlo” –dije a modo de tímida protesta.

-. “Sé que lo harás, siempre has sabido imponerte en los momentos difíciles y ella a ti sí te escuchará…”.

Permaneció en silencio, sin fuerzas, respirando con dificultad, como si acabase de librar una batalla agotadora. Al cabo de unos segundos volvió a dirigirse a mí.

-. “No me da miedo morir, Falco…  lo que verdaderamente me produce terror es pensar en una eternidad sin sus ojos, sin su voz, sin respirar su perfume, sin el sabor de sus besos, sin la calidez de su piel…” -hizo una pausa, extenuado- “Si hablo con ella, si la veo… le haré partícipe de mis temores, los convertiré en suyos…” – los ojos se le anegaron de lágrimas – “No me permitas que le haga esto a Sonia, no me permitas ser débil, Falco… ahora menos que nunca”.

Terminó de hablar y pareció que su cuerpo se quedaba desinflado sobre el colchón, vacío, sin energía.

No supe o no pude decirle que no.

Sonrió levemente y susurró con dificultad – “Gracias…”.

Quedó sumido en una semiinconsciencia, hasta la mañana siguiente.

Aquella noche, de regreso a casa, me enfrenté a la dura tarea de negarle a Sonia la oportunidad de ver a Alberto. De hablar con él.

Marqué su número de teléfono, sintiendo el parco consuelo que proporciona no tenerla cara a cara y evitar decir todo aquello mirándola a los ojos.

Intenté que mis argumentos también transmitiesen todo el cariño, la cercanía y el afecto de que era capaz, pero no podía dejar de odiarme  a  mí mismo por aquello. Tenía la sensación de estar actuando como un sádico sin corazón, robándole la oportunidad de una despedida. De una última mirada de amor, de un último abrazo, de un último beso.

Ella imploró, lloró, gritó hasta quedarse sin voz, me maldijo con la desesperación de la mujer apartada a la fuerza del ser amado. Y  a duras penas conseguí mantenerme firme para intentar cumplir el deseo de Alberto.

Aunque, esta vez sí, la suerte me acompañó para, de una u otra forma, cumplir mi sórdida misión. Ella estaba de viaje en las oficinas centrales de su empresa, en Noruega, y tardaría dos o tres días en poder arreglar su vuelta. Él no viviría tanto.

Había sido como asfixiar un pequeño gorrión entre mis manos. Apenas pude dormir pensando en el dolor inimaginable que acababa de causar por amistad.

Alberto pasó la mañana sedado, tranquilo, y hasta su rostro pareció relajarse después de la tensión del día anterior. A primera hora de la tarde, en un momento de lucidez, volvió a pedir el cuaderno y el bolígrafo… sus últimas energías las dedico a esa tarea, solo interrumpida para secarse unas lágrimas que a cada rato brotaban mansas desde sus ojos y que, lentamente, surcaban su enflaquecido y cerúleo rostro hasta caer sobre el papel. Al cabo de un rato, exhaló un profundo suspiro, y con una leve sonrisa en la comisura de los labios resecos por la fiebre, apoyo el cuaderno sobre las sábanas.

Me acerqué a su lado -aunque parecía no darse cuenta de mi presencia- respiraba con dificultad. Humedecí su boca con un pañuelo mojado. Al hacerlo, abrió los párpados despacio y buscó con los ojos a su alrededor hasta que me vio.

-. “Falco…” – acompañó mi nombre, de nuevo con un amago de sonrisa que en aquel rostro consumido por la enfermedad pareció ya una mueca. -“Esto se acaba”.

-. “No digas tonterías” -dije tomando su mano en la mía – “Te queda cuerda para rato”.

Volvió a sonreír- “Lo siento amigo, pero siempre se te ha dado fatal mentir”- tomó aliento – “Y a mí siempre se me dieron muy mal las despedidas…”

-. “Alberto…” – balbuceé.

-. “No digas nada” – me interrumpió. – “No hace falta… con todo lo que has hecho por mí, sobra ya palabra alguna”. – se detuvo unos instantes, fatigado.

-. “Gracias por estar siempre a mi lado… y un último favor, amigo… las cartas, entrégaselas” – apretó mi mano con debilidad – “Es todo cuanto puedo dejarle ya…”.

-. “Tranquilo, no te preocupes, recogeré las que llevamos a casa y las que tienes aquí, pero ya verás como las acabáis leyendo juntos y…”.

Ya no me escuchaba.

En su rostro se dibujaba un gesto de paz, mientras su mano descansaba -ahora inerte- en la mía.

Si, había sido una guerra cruel.

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Le incineramos aquella gélida mañana de sábado, a primera hora. El sol luchaba por aportar algo de su calor para aliviar el frío que nos atenazaba. Pero era una sensación que llevábamos todos por dentro, el hueco helado que deja en el alma y el corazón el vacío irrecuperable de un ser querido arrebatado.

Allí estábamos su grupo de incondicionales, el resto de amigos, algunos familiares, conocidos y antiguos compañeros de trabajo.

La ceremonia fue breve, y tras unas palabras del sacerdote, el féretro desapareció tras una cortina. Ya sólo restaba aguardar que nos lo devolvieran, mientras la improvisada aglomeración se iba dispersando después del intercambio de palabras de recuerdo y de ánimo y los abrazos de rigor.

Quedamos los tres mosqueteros, como guardias de honor del guerrero caído, esperando la urna con los restos del cuarto espadachín. A mi todavía me faltaba por cumplir la tarea más dura, y por eso les agradecí aquel gesto. Fueron dos horas que parecieron dos días.

Finalmente, nos entregaron las cenizas y los tres nos fundimos en un abrazo antes de despedirnos. Yo deposité la urna en mi coche y me dirigí al aeropuerto. A buscar a Sonia para acompañarla en el último viaje de Alberto.

No tuve que esperar mucho el vuelo de Estocolmo. La vi surgir por la puerta entre gente sonriente que se saludaba y abrazaba, que reía y hablaba. Entre toda esa algarabía humana, el contraste de ella, con su pelo rubio recogido en un moño, gafas de sol, abrigo de color negro y una actitud física –la espalda algo encorvada, los hombros caídos- una manera de caminar y un rictus de su rostro, que eran la viva estampa del cansancio, la pérdida y la derrota.

Me hice ver entre la muchedumbre y saludé con un leve gesto de la mano.

Nos abrazamos casi con desesperación, como  náufragos agarrados a un salvavidas en medio de un mar tormentoso. Dos almas unidas por el dolor. La historia de dos seres anónimos e insignificantes en medio del torbellino de historias simultáneas –alegres o tristes- que ocurrían a nuestro alrededor en el atestado aeropuerto.

-. “Sonia… yo…” – dudé.

-. “Espero” –conseguí decir- “que alguna vez sepas perdonarme”.

No respondió nada, mis palabras tan solo provocaron un incremento del leve temblor que acompañaba sus lágrimas mientras seguía abrazada a mí.

Al cabo de unos minutos fuimos capaces de separarnos y mirarnos a la cara. Sus ojos reflejaban una profunda tristeza, como si fuesen las entradas a dos abismos insondables y vacíos, huérfanos de vida y de luz. Pero tan humanos…  Sonreí levemente, intentando reconfortarla.

-. “¿Quieres descansar un poco?” -Sugerí mientras sujetaba su maleta con una mano y con la otra tomaba afectuosamente una de las suyas. – “Beber algo caliente te sentará bien”.

-. “No, gracias Falco”. –consiguió decir finalmente, mientras intentaba devolverme la sonrisa. – “Estaré bien, vámonos cuando quieras”.

Subimos al coche e iniciamos el viaje. Era la voluntad de Alberto, que sus cenizas se esparciesen desde lo alto del acantilado en la costa al que tantas veces habían ido Sonia y él.

Partimos en silencio, ambos ensimismados en nuestros pensamientos, aunque yo, de vez en cuando, miraba de reojo para ver cómo se encontraba. En un par de ocasiones llegué a observar como dejaba escapar alguna lágrima furtiva.

-. “Falco…”

-. “¿Dime?”

-. “No te tortures más, no tengo nada que perdonarte”.

Paramos a repostar, descansar un poco y tomar alguna bebida caliente. A ninguno de los dos nos apetecía comer.

-. “¿Sufrió?”

-. “Estaba lúcido, pero con sedación, no te preocupes, no padeció dolor”.

Anochecía.

-. “¿Por qué ni ya al final quiso que fuera a verle”?- hizo una breve pausa- “¿ni tan siquiera llamarle?”.

Dudé antes de contestar. Después de media vida repleta de desengaños y fracasos sentimentales, no soy un tipo que se cuestione ciertas cosas, y hace tiempo que ya no me hago ese tipo de preguntas que, inevitablemente, llevan a nuevas preguntas y que, por lejos que creas haber llegado, al cabo de un rato conducen irremisiblemente al punto de partida.

-. “Yo tampoco lo entendía al principio” -dije tras reflexionar unos instantes- “creo que todo lo que hizo fue por amor… te amaba tanto que renunció a aquello que más anhelaba por no hacerte sufrir”.

Sonia giró la cabeza hacia la ventanilla, la mirada perdida en el paisaje ya borroso por las sombras. Sus hombros se agitaban levemente. Dejé que llorase.

Llegamos al hotel donde había reservado habitaciones, cercano al acantilado, ya de noche. Ambos estábamos demasiado agotados por el viaje y los acontecimientos como para pensar en cenar o prolongar la jornada hablando. Nos despedimos e intentamos descansar.

Aquella mañana me levanté temprano. Pedí un café doble en el bar del hotel y me senté en la terraza, mirando el mar. El día había amanecido gris, cubierto de unas nubes densas que me provocaban una cierta sensación de opresión. O a lo mejor en cielo no era el causante, era mi propio estado de ánimo. A lo lejos divisé el acantilado.

Dejé la taza a un lado del sobre grande color beige donde había guardado todas las cartas de Alberto. Habían pasado ya dos noches desde que acudí al apartamento a recogerlas y había escrito en el exterior el nombre del destinatario: “Para Sonia”.

Junto a ese envoltorio estaba otro más pequeño. Dentro se encontraban la últimas palabras que él escribió en el hospital. El último mensaje enviado con las últimas energías.

Me puse de pie y me acerqué al borde de la terraza, con la mirada perdida en el horizonte. Encendí un cigarrillo.

Percibí una presencia a mi espalda, acompañada de un ligero sonido de pasos que se aproximaban. Me giré y la vi acercarse. Pálida, con unas difusas sombras grises bajo sus ojos grandes y tristes. El cabello recogido. Me sonrió.

-. “Buenos días”. – dije a modo de saludo, mientras me sentaba a su lado – “¿has podido descansar?”.

-. “Si, gracias Falco, finalmente pude dormir un poco”- me contestó, mientras su mirada se desviaba hacia los sobres que estaban encima de la mesa.

-. “Son para ti” – dije.

-. “¿Son sus…?” – dudó unos instantes – “¿sus cartas?”

-. “Son tuyas”- asentí.

Me miró fijamente, con los ojos ahora cubiertos de una película húmeda que vibraba ligeramente y parecía brillar.

Despacio, empujé ambos hacia ella.

Hice una seña al camarero para que trajese más café, me levanté y caminé de nuevo hasta la barandilla del mirador, dejando a Sonia un espacio de intimidad, a solas con las palabras de Alberto.

No fui consciente del tiempo que transcurrió mientras fumaba con la vista perdida, sin mirar a nada, sin escuchar nada, sin querer pensar en nada, como aislado dentro de una cámara de vacío transparente, salvo por la única sensación perceptible de la brisa sobre mi rostro.

En un cierto momento salí de mi estado de abstracción y sentí la presencia de Sonia a mi lado, no sé si allí desde hacía rato o acabada de llegar. Ella también miraba al horizonte, hacia el acantilado.

-. “¿Las has leído?” –pregunté al cabo de unos segundos

-. “Si…” -respondió con tono emocionado, sin desviar la vista.

Ambos mantuvimos silencio.

Giró su rostro y me miró con ternura durante unos instantes.

-. “Léela…” -dijo, extendiéndome el sobre blanco con la última carta de Alberto- “…si quieres”.

Permanecí quieto, dubitativo.

Lenta y emocionadamente añadió – “Tú eras su amigo, tú estabas presente cuando la escribió, tú la recogiste de su lecho, tú la guardaste en el sobre y tú me la has entregado… también tienes derecho a conocerla”. Me lo ofreció de nuevo.

Finalmente, lo tomé de sus manos y extraje con cuidado el papel del cuaderno de notas de Alberto, que tan familiar me resultaba. Las marcas de las lágrimas que dejó caer mientras escribía se mezclaban con la temblorosa escritura de sus últimos momentos.

Llegó la hora. La batalla se acaba, y esta vez no he podido vencer. Yo he de marchar, la Dama Enlutada me llama ya con su lúgubre voz, pero mi corazón y mi alma se quedan aquí, a tu lado, imperceptibles. Escondidos en cualquier rinconcito de nuestra casa, en un cajón, entre los discos o las películas, debajo de la escalera, en la terraza, entre los libros del estudio, junto al ordenador o quizás dentro de tu bolso. Pequeños e invisibles, a la ardiente espera de que quizá alguna vez se sientan recordados y los encuentres de nuevo y te hagan sonreír. Serán mi último regalo para ti.

Me voy sintiéndote a mi lado, acompañado de recuerdos tuyos. Del día que nos conocimos, de cenas con pijotas o platos japoneses, de aperitivos con langostinos y concha fina, de veladas con limoncello mirando alguna serie italiana, de esperas en la estación deseando verte, de risas, de abrazos, de caricias, de viajes, de la alegría adornando nuestro decrépito arbolito de Navidad, de paseos cogidos de la mano sintiendo tu calor, de miradas de reojo asombrado de lo guapa que estabas, de esperanzas… de mil y un pequeños detalles de cada día, pero que para mí son imborrables.

Todos ellos me servirán para poder soportar este último atardecer. Miraré la brujita que ríe o el llavero del perrito que me regalaste con las llaves de casa, y los ojos me brillarán de emoción. Releeré una última vez las notitas que me dejabas en el baño cuando te marchabas temprano, que guardaba para sentirte cerca cuando no estabas y que todavía conservo. A mis oídos llegará una última vez el eco de tu voz llamándome. Y a mis ojos llegarán imágenes de otros tiempos, cuando cocinaba para ti los platos que tanto te gustaban, mientras tú cortabas en trocitos los ingredientes. Imaginaré sentir el peso de tus piernas sobre las mías mientras mirábamos la televisión. Mis manos trazarán movimientos en el aire, añorando el contacto de las caricias en tus pies, los masajes en tus piernas, el calor de tu espalda al recorrerla o tus ronroneos al jugar con mis dedos en tu cabello.”

Conmigo estarán también todos aquellos sueños que nunca fueron y que ya nunca podrán ser. Los sueños de una vida juntos. Los sueños que me acompañaban cada día que tú estabas fuera y que me hacían más llevadera tu ausencia. Los sueños que me permitían no desesperar. Un fin de semana en Roma o Londres, explorar México, una paseo en coche de caballos por Central Park, una puesta de sol en la Toscana, un amanecer en pleno Ngorongoro, una cena romántica en París o una boda en una sencilla capilla, escuchando una música que he seleccionado mil veces en esas tardes que no estabas. Y ese bebé pequeño que tanto anhelabas… y que yo también deseaba pese a no saber expresártelo con palabras.

Lo que lamento más en esta hora es no haberte podido regalar ni una pequeña parte de ellos. No darte todo aquello que merecías y que yo deseaba con todo mi corazón poder entregarte algún día. Porque fue tu amor el que me hizo volver a tener ilusiones y esperanzas. Porque estuve muerto, tú me devolviste la vida y ansiaba poder llegar a pagarte todo ese amor que me otorgaste. Porque te he amado, te amo y te seguiré amando. Con la fragilidad de un tierno brote aferrado al pedacito de tierra que le hace existir. Con el silencio de un pequeño planeta que no tiene voz para agradecer a su sol el calor y la luz que recibe. Un amor que quizás muchas veces te pasó inadvertido como el canto de un pequeño pájaro en un parque lleno de niños, como el susurrar de la brisa entre los árboles o como el rumor de un suave oleaje al rendirse en la orilla. Pero tan real, tan verdadero y tan lleno de vida como ellos.

Y con el último aliento, pediré perdón por no haber sabido hacerte sentir todo lo amada y respetada que debiste, por intentar hacer las cosas a mi manera, sin darte las explicaciones que necesitabas para no dudar. Por no haberte aliviado en tus momentos de zozobra, por estar demasiado ofuscado con mi situación. Y rogaré por ti, por que estés bien, porque en tus ojitos brille la alegría y desaparezca la sombra de la tristeza. Porque en tus labios se dibuje una sonrisa y en tu pecho anide la felicidad. Porque encuentres el camino que te lleve a tus sueños y la vida te colme de dicha.

Yo me voy ya, mi amor, mi tesoro, mi cielo, mi vida… por eso es la hora de cumplir con el “sálvate tú”. La hora de que te liberes de todo el sufrimiento de estos meses y recuperes tu espacio, tu alegría, tu vida y vuelvas poco a poco a reír de nuevo y a ser tú misma. Porque si tú vives, yo viviré en ti.

Y por favor, regálame un signo de amor y no llores…

Piensa que estar contigo ha sido para mí el más maravilloso de los premios que he recibido. Has sido mi rosa fresca en mitad del árido camino de mi vida. Mi oasis. Has sido mi verdadera redención al haber conseguido que, antes de irme, supiese lo que es amar.

Para mí ha sido un placer caminar por la vida de tu brazo. Gracias por compartir este tiempo conmigo.

Sálvate, sal de las sombras y ríe de nuevo a la luz.

Un último y enorme beso mi amor, mi pececillo, mi princesa elfa… para siempre.”

Tuve la misma sensación de vacío, de pérdida, que dos noches atrás. Regresé la carta -justo encima del sobre grande donde estaban las demás- mientras intentaba que desapareciese aquella opresión que atenazaba la boca de mi estómago. Dejé que mi mirada vagase de nuevo por el paisaje de mar y nubes que se perdía en la lejanía.

Allí, enfrente, se erguía imponente la majestuosa silueta del acantilado.

Al cabo de unos minutos me volví hacia Sonia. Ella me seguía observando con gesto de ternura.

Aguanté su mirada, hasta reunir fuerzas suficientes para dar el paso.

-. “Creo que te gustará conservar esto”. – dije en voz baja, extrayendo unos objetos del bolsillo.

Le entregué el muñeco de la brujita y el llavero de alambre con forma de perrito. Los llevaba conmigo desde que abandoné el hospital, dudando del instante adecuado para dárselos, pero después de leer su carta supe que aquel era el momento.

-. “Alberto los tenía en la cama junto a él cuando…” – no terminé la frase.

-. “Aquí tienes”. – continué al cabo de un segundo.

Se quedó mirando las dos figuras que aún permanecían en mi mano. Unas lágrimas brotaron irresistibles de sus ojos al reconocerlas mientras, muy despacio, las tomaba y acercaba hasta su pecho.

-. “Te esperaré en el coche”. – dije, apenas pudiendo contener la emoción, y me alejé dejándola sola con sus recuerdos.

En el momento que abandonaba la terraza, escuché a mi espalda la risita pícara de la muñeca que, a duras penas, ahogaba el sonido de unos sollozos.

Recorrimos los pocos kilómetros de sinuosa carretera que nos separaban del camino del faro y el acantilado en media hora, ambos sumidos en un pesado y triste silencio que la sensibilidad a flor de piel -provocada por tantos acontecimientos- y el cansancio acumulado, parecían hacer aún más profundo.

-. “Sin él a mi lado este lugar ha pasado de ser cálido, acogedor y familiar a parecerme frío e inhóspito… desconocido”. – dijo Sonia al bajar del coche, cruzando los brazos y encogiéndose con un gesto infantil, como intentando protegerse del aire que, a rachas, azotaba la cumbre.

-. “Siempre hablabais de la magia de este sitio… pero quizá la magia estaba en vosotros, en lo que el acantilado os inspiraba”.- respondí.

-. “A lo mejor lo que hace que sea verdaderamente especial es el amor que os habéis profesado, y del que estos farallones han sido un mudo testigo, un cómplice silencioso”. – me atreví a añadir, no sin sorprenderme a mí mismo por pronunciar tales palabras, que creía ya desterradas de mi vocabulario.

Ella me observo con mirada interrogante, sin duda impactada también porque un escéptico como yo utilizase semejantes argumentos.

Quizá fueron aquellas frases que surgieron tan de improviso mis labios, o tal vez el cúmulo de sentimientos que en su interior pugnaban por salir y que nuestra presencia en el acantilado terminó de desbordar, pero el hecho fue que Sonia comenzó a hablar, sin dirigirse a nadie en particular. A ella misma, a mí, o tal vez a todo un mundo que –invisible- nos rodease. Utilizaba un tono de voz emocionado, que reflejaba la tensión que vivía y que parecía hacerla vibrar como una cuerda de violín.

-. “Le amé desde la primera vez que le vi, desde que mi mirada se sumergió en el fondo de esos ojos, como de cachorrito abandonado. Esos ojos que reflejaban necesidad de sentir cariño, de que alguien supiese descifrar su enigma y compartir sus anhelos. Tan vivos siempre a pesar de ese velo triste que parecía ocultar su brillo”. – dijo abrazándose aún con más fuerza, como arropándose para acumular suficiente energía para seguir.

-. “Le amé tanto que la rabia me consumía cada vez que veía como cesaba de luchar y se abandonaba en solitario a esos viajes mentales de vuelta a los demonios”. – Su figura, recortándose contra el cielo plomizo en lo alto de aquel acantilado, era el vivo retrato del desamparo.

-. “Creí que me dejaba sola, que no era capaz de luchar por mí, por nosotros, por nuestro futuro… aunque hasta tiempo después no comprendí que nunca quiso arrastrarme con él porque también me amaba, que viajar al infierno era su manera de regresar a mí con nuevas energías, la manera que tenía de volver a poner en la balanza lo que teníamos y valorarlo de nuevo para poder seguir luchando… yo le amé… le amo, pero muchas veces mi propio convencimiento en ese sentimiento me hizo no demostrárselo… y el necesitaba de esa energía para seguir adelante. Llegué a pensar que era yo la única dispuesta a seguir adelante porque no entendía su aparente pasividad… no supe mirar en sus pequeños gestos, en su manera de decir sin palabras que si, cuando todo andaba torcido, él seguía allí, era porque seguiría siempre”. –sus ojos brillaban por la emoción, casi de una manera febril.

-. “Fue un triste capricho del destino… mientras yo languidecía por su aparente falta de interés, y dejaba de demostrarle mi amor, él se quedaba sin fuerzas al no sentir mis muestras de cariño. Y sin dejar de amarnos, nos estábamos distanciando”. – Bajó la vista, agotada, como si sus últimas fuerzas hubiesen generado aquel torrente de sentimientos convertidos en palabras.

-. “Creo…” – dije dubitativo. El aquel sorprendente reencuentro con la expresividad, no sabía muy bien cómo transmitir lo que pensaba- “creo que tanto amor os consumió… preferíais callar a herir, a preocupar, a cargar al otro con vuestros problemas. Y ese silencio os acabó matando. Porque ambos vivíais de las palabras del otro. De sus actos”.

Ella ya no pudo contener las lágrimas por más tiempo, y se abrazó a mí, de pronto frágil y desconsolada como una niña. Su cuerpo, delicado como el de una figurita de porcelana, se agitaba levemente por el llanto.

Nunca tuve la capacidad de Alberto para reconfortar a los demás, incluso mi propia cubierta de escepticismo era una barrera que bloqueaba mi expresividad, pero el aquel instante traté de ampararla, estrechándola con toda la calidez y todo el afecto del que fui capaz. Intentando convertirme en un manto protector que pudiese otorgarle un poco de paz y de cariño.

Permanecimos largo rato allí, de pié, contemplando el horizonte en un silencio solo roto por el graznido de las gaviotas, el ulular del viento entre las rocas o el batir de las olas contra los farallones, sumidos en nuestros propios pensamientos.

La caricia de la brisa contra mi rostro y el vivificante aroma a salitre me sacaron repentinamente de aquel estado, devolviéndome a la realidad de lo que todavía quedaba por hacer.

Taciturno, me acerqué al coche, y a los pocos minutos regresé -caminando entre las rocas y los arbustos- con las cenizas de Alberto.

Esperé, paciente, hasta que Sonia se percató de mi presencia. Ella, como recién salida de un profundo sueño, se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, hasta que los acabó fijando en la urna que transportaba en mis manos.

Las lágrimas surcaron de nuevo su rostro.

-. “Es la hora de cumplir con la promesa que le hicimos sus amigos. Ya le hemos traído hasta aquí”. – dije con toda la delicadeza de la que era capaz – “nosotros le quisimos, le acompañamos, le escuchamos, reímos y hasta lloramos con él, pero Alberto te amaba a ti, su corazón y su alma siempre fueron tuyos… por eso estas cenizas te pertenecen más que a nadie”.- añadí.

-. ”Sonia, yo…” – sentí un nudo en la garganta, y necesité unos segundos antes de continuar. – “yo siento que os robé la última oportunidad de veros en vida… de hablaros… de expresaros vuestro amor… de despediros…” – parecía que me quedaba sin voz por momentos.- “os debo a ambos este último momento juntos… a solas”. – ya no pude continuar hablando.

Tendí las cenizas hacia ella.

Sonia permanecía con la cabeza inclinada hacia adelante, la mirada perdida en el rocoso suelo, pero poco a poco sus manos se fueron levantando hasta que, muy lentamente, deposité la urna entre sus dedos.

Al aferrarla, pareció volver de su ensoñación. Levantó la vista y, con afecto reflejado en su triste rostro, me dedicó una leve sonrisa.

Su recogido en el pelo se agitaba con la brisa, su cara era espejo de lo intenso de toda la emoción acumulada -y que hasta ese momento ella todavía pugnaba por controlar- pero que se adivinaba por un leve temblor en los hombros.

-. “Gracias”- me dijo- “Gracias por quererle… y por esperarme”. – Nuevas lágrimas resbalaron por sus pálidas mejillas.

Yo asentí con un gesto amistoso, mientras ella giraba su cuerpo y su mirada hacia el mar.

Quise decir algo, alguna palabra que la reconfortase, pero comprendí que ella ya no me escuchaba. La contemplé unos segundos antes de decidir alejarme unos pasos y preservar su último momento de intimidad. Sus últimos instantes juntos antes de la despedida. Esa que no pudieron darse en vida.

Me dirigí caminando despacio hacia el faro, sintiendo todavía aquel nudo que apretaba mi garganta. Busqué un cigarrillo y lo encendí, luchando contra el aire que me azotaba, e inhalé con fuerza intentando que el humo me ayudase a aliviar, siquiera un tanto, aquella angustia que parecía formar ya parte inseparable de mi ser.

No creo que ninguno hubiésemos querido que esto terminara así, aunque como pequeño consuelo pensé que, al menos, habían vuelto a reunirse en su acantilado. Pero no era bastante. Ya no.

En ese momento anhelé volver a tener Fe. Esa esperanza perdida una fría noche, hacía ya tiempo.

Deseé con todo mi corazón que la magia de aquel lugar especial fuese capaz de obrar un milagro. Que sus almas se uniesen en un solo yo para toda la eternidad.

Hasta un tipo tan desencantado como yo quería creer. Necesitaba creer.

Volví la cabeza hacia atrás por un momento. Ella seguía allí, al borde de la pared de roca, abrazada todavía a las cenizas de Alberto. Una solitaria e indefensa figura femenina empequeñecida por la grandiosidad de la naturaleza que nos rodeaba. Con su vestido negro y su cabello rubio, ya suelto, agitados por el viento. Inmóvil. Con la mirada perdida en el infinito. Mirando hacia un mundo que yo no podía adivinar.

De nuevo me giré hacia el faro, encendí otro cigarrillo y, pensativo, dejé vagar la vista por el gris y opresivo cielo de aquel largo y triste día.

-. “Si hay algo más allá de esta perra vida, más allá de desfilar por esta fría y deshumanizada pasarela de poses calculadas en que hemos convertido nuestra existencia, si el amor verdadero existe, espero que ellos lo encuentren en la eternidad”. – me dije, apretando las mandíbulas.

-. “Si esto fuese así, quizás todavía este cochino mundo tendría algo de sentido y merecería la pena seguir luchando”.

Arrojé la colilla al suelo y la aplasté furioso con la punta del zapato.

Con las manos en los bolsillos, mi mirada volvió de nuevo a perderse en la distancia, donde el mar de agua y de nubes se abrazaban como dos amantes.

Fue una brecha sutil al principio, como un pequeño desgarro en una tela. Como un fino corte practicado por un bisturí, y por el cual empezó a filtrarse la claridad.

Muy lentamente, unos tímidos rayos de sol se abrieron paso por aquella rendija en el cielo, agrandándola, pareciera que su calor pudiese fundir la oscura capa que cubría el día.

De pronto, como en un estallido mágico, la abertura se hizo más amplia y la luz penetró con intensidad, como el haz del foco de un reflector en mitad de la noche. Los rayos se reflejaron contra el -hasta ese momento- gris mar, y su superficie comenzó a rielar como si un millón de estrellas se hubiesen puesto a brillar a la vez. Una sinfonía de luminosidad en la que parecían bailar una antiquísima danza, fundiéndose en uno solo, el sol y el agua.

Me quedé absorto contemplando aquél espectáculo, hasta que el tiempo dejó de tener sentido, y una vez más en aquellos días, no pude contener las lágrimas, que resbalaron sin freno por mi rostro.

Esa maravillosa visión era como vivir un milagro. Era el milagro.

En lo más profundo sentí como si un secreto me estuviese siendo revelado. Como si la aridez de mi espíritu estuviese siendo aliviada por una lluvia suave y prolongada. Como si la paz hubiese llegado para terminar con mis conflictos. Como si un vacío inmenso y frío se estuviese rellenando de calor y la esperanza en que toda esta vida tiene aún sentido. Como si mi corazón se desprendiese de la capa de hielo que lo había mantenido atrapado tantos años y un manto de renovada ilusión viniera a sustituirlo. Ilusión en que, tal vez, saber lo que es amar, vivir ese amor pleno, aunque sea por un instante, justifique toda nuestra existencia.

En ese momento tuve la certeza que, detrás de mí, todo había terminado.

O mejor dicho, que había comenzado para siempre.

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